© 2017 Nuria Gómez Belart 

Viaje al corazón de las tinieblas

24.10.2015

Como ya lo señaló Gérard Genette, las obras de arte son palimpsestos, es decir que siempre se parte de una escritura anterior para crear algo nuevo. En este caso, la fuente de inspiración de Viaje al corazón de las tinieblas es la gran obra de Joseph Conrad, la «nouvelle» publicada en 1899, en la que el autor narra lo que probablemente vivió en el Congo en tiempos en que estaba bajo dominación del rey Leopoldo II de Bélgica.

 

La historia de Conrad trata sobre un marinero que realiza una travesía en busca de Kurtz, quien estaba a cargo de la explotación de marfil, y que a lo largo de la novela adquiere relevancia. En el trayecto, el marinero descubre otra cara de la realidad y se encuentra ante una población deshumanizada que hace lo posible por sobrevivir, así como también descubre lo más bajo de la naturaleza humana. Suele decirse que ese marinero es un alter ego de Conrad quien vivió seis meses en el Congo.

 

Seguramente, por su carácter universal, Alberto Wainer recreó la pieza de Conrad en un formato diferente y así nació «Viaje al corazón de las tinieblas». Martín Queraltó, quien, a través de la exploración de la teatralidad de los sonidos, trae a escena a Conrad —Fernando González— y a Kurtz —Maximiliano Michailovsky—. La trama se articula en una suerte de juicio ante un jurado presente, el público. Dos personajes femeninos —Romina Pinto y Verónica Santangelo— describen al jurado la historia desde un marco narrativo, pero se inmiscuyen en el relato enmarcado y funcionan como las voces del entorno, las voces de los demás, las voces que acosan y atormentan la conciencia de Conrad.

 

En este juicio Conrad deberá rememorar el viaje por el Congo. Ese viaje no es un trayecto espacial, sino que transcurre en la mente del personaje, quien se interna en el corazón de las tinieblas, y así, llega a conocer la «sombra» de la humanidad. Habiendo llegado hasta el fondo de su exploración, ya no puede regresar entero. Lo único que le queda es asumirse en tanto alma perdida.

 

El escenario está despojado de elementos decorativos, apenas unas sillas, una mesa… El centro está ocupado por la orquesta que refleja a través de los sonidos los estados de los personajes y crea las atmósferas, que varían con los cambios de voces o de timbres, para que el público se traslade de un espacio a otro en la narración. Los personajes interactúan con los músicos, y, en la polifonía, crean una nueva voz: la voz de un hombre que pide a gritos una reflexión sobre cuán cruel puede llegar a ser la naturaleza humana cuando es movida por la ambición o la codicia, pero también es un grito que implora piedad ante tanta desolación.

 

Ficha de la obra
Composición y Dirección musical: Martín Queraltó
Texto: Alberto Wainer
Dirección de actores y Puesta en escena: Marina Wainer
Actúan: Fernando González, Romina Pinto, Verónica Santangelo, Maximiliano Michailovsky, Matías Tomasetto, Natalia Salardino, Paula Bresci, María Paula Alberdi.
Orquesta: Andrés Liendro (violín), Patricia García (flauta), Diego Lipsky (acordeón), Matías Couriel (guitarra), Maria Laura Ventemiglia (piano). Diseño sonoro: Rodolfo Cagnetta
Teatro: Del Borde — Chile 630

 

Esta reseña se publicó el 24 de octubre de 2015 en La Cazuela

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