© 2017 Nuria Gómez Belart 

El diccionario

4.6.2016

A veces es difícil reseñar una obra cuando el contenido toca muy de cerca. La vida de una diccionarista llevada a la ficción es un tema fuerte de tratar cuando la que escribe la reseña siente tal pasión por las palabras que también dedica su vida a los estudios lingüísticos.

 

Si bien la mayoría de la gente tiene alguno que otro diccionario en su casa, los lectores no suelen pensar que detrás de las definiciones hay una persona que buscó el modo de explicar el concepto de acuerdo con una filosofía o una postura en relación con el mundo: amor, libertad, matrimonio, existencia… son palabras que todos conocemos, pero que, al momento de definirlos, caemos en una simplificación y hacemos un recorte basado en la forma en que vemos el mundo.

 

Con el tiempo, si el diccionario perdura, los hablantes dan por sentado que esa definición es ley, y asumen que todo término es definido por una autoridad, una entidad superior, y, por lo tanto, no debe ser cuestionado. Sin embargo, María Moliner no solo tuvo el valor para señalar las inconsistencias del DRAE, sino que, como Sísifo, tomó la piedra y la cargó en favor del bien común: se dedicó por más de quince años a la creación de un diccionario que explicara con mayor precisión los lemas, que no ofreciera definiciones enrevesadas ni tautológicas, que persiguiera la simpleza necesaria en este tipo de escritos, y que partiera de las etimologías para poder captar la esencia con que se concibió la palabra.

 

Con su diccionario y con otras publicaciones anteriores, buscó acortar las distancias entre el mundo intelectual y las personas, basando sus acciones en que la cultura es el vehículo para la regeneración de la sociedad. Pero, la España en la que le tocó vivir no estaba muy abierta a ciertos cambios y, en vez de honrar su trabajo, fue depurada mediante un grosero retroceso en su posición del escalafón del cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, del que no fue rehabilitada hasta 1958.

 

María Moliner era una mujer fuera de lo común. Fue la primera profesora de la Universidad de Murcia, con apenas 24 años. Se casó con Fernando Ramón y Ferrando, un físico que la supo acompañar en el trayecto de creación, a pesar de no comprender el impulso que la llevaba a estar sumergida, por horas, en un mar de fichas eruditas y de regesto. Con cuatro hijos ya criados y mucho por decir, inició el proyecto de hacer un pequeño diccionario con definiciones, sinónimos, expresiones y frases hechas, que incluía además, familias de palabras, articuladas de acuerdo con una lógica orgánica que desafiaba los modelos académicos instalados. Dicho de otro modo, con este diccionario, se atrevió a enfrentar la misoginia y los dogmas imperantes en la Real Academia en tiempos de Franco.

 

También incorporó términos que ya eran de uso común, pero que la RAE no había admitido en su diccionario académico. Creó un instrumento para guiar el uso del español, y quizá por esta razón, hoy en día, es el más consultado y su importancia es tan grande, que García Márquez lo consideró «el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana…».

 

En El diccionario, de Manuel Calzada, narra la vida de esta mujer excepcional, tan poco reconocida en su tiempo. La acción comienza cuando la protagonista, encarnada en la piel de Marta Lubos, visita a un neurólogo —Daniel Miglioranza— por su falta de memoria. En las entrevistas con el especialista, Moliner rememora los momentos más relevantes de su vida: su matrimonio con Fernando Ramón y Ferrando —Roberto Mosca— y la historia familiar, la degradación en tiempos de «la depuración del magisterio franquista» por haber escrito un Plan de Bibliotecas para la República, su decisión de hacer un diccionario.

 

Mediante un juego de retrospecciones, la obra compone en una sucesión de estampas la biografía de María Moliner hasta su madurez, cuando se truncó el sueño de ser la primera mujer que accediera al sillón en la Real Academia Española, y una enfermedad neurodegenerativa —arteriosclerosis cerebral— la hizo olvidar aquello que amaba tanto: las palabras.

 

La inteligente dirección de Oscar Barney Finn supo llevar a escena la intimidad de los fantasmas creativos que perseguían a la diccionarista, pero más allá de la vida de María Moliner, esta obra plantea el problema de la libertad de «ser» cuando el entorno no lo permite. Luchar contra un sistema que busca, ante todo, suprimir todo aquello que debilite la estructura es el mayor mérito de esta admirable mujer, que, en la soledad de su casa, de puño y letra, escribió una obra monumental, con la que sentó un precedente para muchos de los que nos dedicamos al estudio del lenguaje, pero además, abrió el camino para las mujeres que hoy en día ocupan cargos de jerarquía en las instituciones académicas.

 

Aunque resulte inocente a los ojos de alguien ajeno a las Letras, la preocupación por las palabras es fundamental para nuestra existencia. A través de ellas, articulamos pensamientos, entendemos el mundo, nos comunicamos, nos vinculamos. Cuando un sistema impone sus definiciones, la comprensión de lo que nos rodea se ve sesgada, y no hay posibilidad de actuar con plena libertad.

 

El diccionario es una pieza movilizante y conmovedora, tal vez, porque con la vida de María Moliner dejó claro que pasión y ciencia son los recursos más sólidos para hacer de este un mundo mejor.

 

Ficha de la obra
Dramaturgia: Manuel Calzada Pérez
Actúan: Marta Lubos, Daniel Miglioranza, Roberto Mosca
Voz en Off: Osmar Nuñez
Diseño de vestuario: Isabel Zuccheri
Diseño de escenografía: Eduardo Spindola
Diseño de espacio: Oscar Barney Finn
Diseño de luces: Leandra Rodríguez
Realización de escenografía: Eduardo Spindola
Asistencia de dirección: Florencia Laval
Producción ejecutiva: Verónica Dragui
Dirección: Oscar Barney Finn
Prensa: Alejandro Zarate – DucheZarate, Walter Duche
EL TINGLADO TEATRO – Mario Bravo 948

 

Esta reseña se publicó el 4 de junio de 2016 en La Cazuela

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload