© 2017 Nuria Gómez Belart 

Los correctores en el siglo XIX - El manual de Serra y Oliveres

1.3.2017

La Corrección de textos como disciplina es muy antigua, pero solo a fines del siglo XX surgió la curiosidad sistematizada orientada a descubrir los métodos y los secretos de los correctores de otros tiempos. 

 

Hasta el siglo XIX, los correctores gozaron de cierto respeto que, por alguna razón, se perdió durante el siglo XX.

 

En el Manual de Tipografía Española (1852) de Serra y Oliveres, se explica la importancia que tenía la corrección para la época:

 

La buena correccion hasta cierto punto se puede considerar como el alma de una imprenta; y por la misma razon nuestros antiguos tipógrafos conservaban en la memoria un axioma que no encuentro razon para que sé haya tenido que olvidar, y mayormente en una época en que indispensablemente debiamos haber puesto el sello en las obras, para que demostráran á los siglos venideros que si en muchas partes del arte tipográfico en el siglo XIX habiamos adelantado, no nos habia pasado desapercibida la de la correccion: componer de prisa y corregir despacio (p. 97).

 

Con el avance de los años y los estudios sobre el lenguaje, los correctores debieron atender a cuestiones diferentes, y durante los últimos trescientos años, ese será el dilema que comparten todos los escritos para los correctores y los editores: el alcance del trabajo.

 

En 1845, Palacios, tras un glosario de términos específicos y la descripción de las nociones generales del proceso de impresión correspondientes al cajista y al componedor, el tratadista se ocupa de la participación del corrector en dicho proceso.

 

De todas las operaciones del Arte de la imprenta, la mas esencial es la correccion. De aqui dimanan la gloria, buen nombre y reputacion de un establecimiento y son muchas las personas que aprecian una obra bien corregida, pues ella revela la capacidad ó impericia de aquel á quien ha estado á su cargo. La lectura de las pruebas requiere mucha atencion y detenimiento, y si un cajista debe ser instruido para evitar algunos errores, mas lo debe ser un corrector que tiene aun que enmendar lo que puso el primero. Por eso si se ha recomendado el esmero en la composición, no se debe descuidar menos en la correccion.

 

Para verificarlo con el acierto debido, no se hará sin desatar la composicion corrigiendo alternativamente las enmiendas marcadas á derecha é izquierda, no primero un lado y luego otro; si se quiere ejecutar esta operacion con alguna brevedad y sin temor de dejarse algo por corregir, se tendrá la costumbre al bajar la letra enmendada en la primera correccion, de dejar fijo en ella el dedo que lo verifique, mientras la vista se dirige á la errata siguiente de la prueba, pues si está á dos ó tres líneas de distancia de donde estuvo la primera girando la vista desde donde se tiene puesto el dedo, se hallará el error con mas facilidad y se podrá seguir esta operacion hasta su fin (Palacios, 1845, pp. 63-64).
 

No existen muchos tratados que expliquen el paso a paso del trabajo de corrección y de cómo debe leerse cuando se lleva a cabo la tarea. En otras oportunidades, apenas se comentaba algo sobre la lectura en voz alta y la correcta pronunciación, pero no se aportaban mayores datos.

 

También detalla cómo se trabaja en equipo en el momento de enmendar los errores:

 

Para la recorreccion de los olvidados ó repetidos, se tendrá la escrupulosidad de hacerlo con el componedor, no descuidando las advertencias citadas en el capítulo composicion, añadiendo que para tener que aumentar espacios se pondrán en proporcion, como viceversa si hay que quitarlos, teniendo siempre presente, no dejar corrales, calles, ni espacios altos. Sobre este punto esplicaré un método sencillo de recorrer un trozo de muchas líneas: separado por el punto donde deba quitarse ó ponerse la enmienda y mojado que sea, podrá pasarse á un galerin ó galera y ponerlo sobre el barrote donde se compone, cran al reves: es decir, si la fundicion fuese francesa cran hácia fuera, si española por el contrario: de esta operacion resulta la ventaja, que para poder coger las primeras palabras de la línea siguiente, no hay necesidad de tomar del estremo superior ó sea final de las líneas y ponerlo en el mismo galerin ó en otro, sino que como puede cogerse con facilidad del principio de las mismas, con solo volverlas el cran, se toman aun las letras justas que se necesiten y no hay la esposicion de coger un trozo antes que otro, si la medida es larga ó se hicieron varios.Si faltan algunas letras que poner y no las hay por estar ocupadas en otro lugar, se volverá una letra equivalente con el ojo hácia abajo ( ) y si se sacan de otra parte se hará lo mismo para que cuando aquel molde vaya á servir se note la falta (pp. 65-66).

 

Resulta interesante la presunción de que el corrector tiene conocimiento del armado de la galera, pues, el autor utiliza terminología específica para indicar el modo en que deben enmendarse las paginadas. Serra y Oliveres también explica, desde su perspectiva, cómo se corrige, pero a diferencia de lo que señala Palacios, este autor describe la intervención del corrector directamente sobre la galera, en una primera instancia:

 

Hay dos maneras de corregir: en el galerin ó galera, y en la platina ó prensa.

Las primeras pruebas se corrigen en la galera ó galerin, desatando la plana ó paquete á fin de corregir todas las enmiendas con mayor facilidad.

Nunca se corregirán las planas, por pocos errores que tengan, sin desatarlas antes.

El galerin se colocará á la izquierda de la caja para mayor comodidad, dejando descubierto el cajetín de los espacios.

Para corregir solo se servirá el cajista de la punta y de ningun modo deberá usar las pinzas, pues acostumbrado con la punta corregirá mejor que con las pinzas, y no tiene el inconveniente de echar á perder las letras como sucede, mayormente cuando el que las usa no las tiene practicadas. Quizás haya algunos que acostumbrados á corregir con las pinzas, encuentren material el que se corrija con un instrumento ó con otro; pero no es así, en primer lugar porque las pinzas no presentan ninguna ventaja, ademas de que entre los buenos oficiales no se usan pues denotan poca práctica y mucha parte de pere za ; y en segundo jugar porque se estropean muchas letras, puesto que cada vez que cogiendo con las pinzas estas se escurren, se echa á perder la letra á causa de que hiere al ojo de ella (Serra y Oliveres, 1852, pp. 98-99).

 

Este autor no solo explica los métodos españoles, sino que, además, describe las técnicas utilizadas en otros países:

 

En Francia é Inglaterra no solamente hay muchos que corrigen sin pinzas, sino hasta sin punta, pues solo se sirven de sus dedos ya sea para corregir en el galerin ó en la platina. Sabiendo ido yo á Paris el año 1837 y sabiendo que los manuales franceses recomendaban el que se corrigiera solo con los dedos, y viendo que los mejores oficiales así lo practicaban, me propuse hacer lo mismo y a los dos dias corregí sin ningún instrumento, lo mismo que si toda mi vida no hubiese trabajado de otro modo ; digo esto por que fuera de desear que se acos tumbraran los principiantes á ello (Serra y Oliveres, 1852, p. 98).

 

En una segunda instancia, el corrector realiza las correcciones sobre los márgenes de las pruebas «y al igual de las líneas donde correspondan las erratas» (Serra y Oliveres, 1852, p. 293) con los signos pertinentes.

Palacios incluye, tras la explicación del método, los signos que los correctores utilizan (1845, p. 67 y ss). Pero lo más llamativo es la adición gramatical que aparece al final del tratado.

 

De poco ó nada serviría el comprender muy bien todo el mecanismo de la Imprenta, si una parte principal no le ayudase, cual es la gramática: de ella solamente conviene retener en la memoria la acentuacion, puntuacion y ortografia, cuyas tres partes tan esenciales para el que se dedique á este arte son las que procuraré manifestar en compendio dando las principales reglas para su práctica (Palacios, 1845, p. 116)

 

De esta aseveración, se deduce que para el autor, el corrector de imprenta solamente se dedicaba a las cuestiones ortotipográficas. La retórica y la conformación del discurso, así como la autenticidad o consistencia del contenido, ya no eran, desde esta perspectiva, objeto de la corrección, y esta observación se repite en otros tratados de la época, como por ejemplo, el Manual de Tipografía Española de Serra i Oliveres (1852), también dedicado «a los editores, impresores, litógrafos, prensistas, libreros, fundidores, correctores, escritores, bibliógrafos, cajistas, esteriotipadores, y demás personas que intervengan en la imprenta»:

 

El cajista debe estar enterado del grueso de todas las letras para que en la correccion quite ó añada el espacio del grueso de la diferencia que va de la letra de la enmienda á la de la enmendada. 

En una palabra son tres cosas las principales que exige la correccion : el enmendar las letras , la igualdad en la reparticion de los espacios y la exacta justificacion de las líneas. (p. 100)

 

El corrector de imprenta, durante el siglo XIX, pareció haber consolidado el alcance de su trabajo y definió los límites de la tarea que desarrollaba en el proceso de edición.

 

Muchos han creido y creen todavia que cualquier hombre de talento en las letras, ó un gran gramático ó un literato puede ser corrector, y á buen seguro que padecen un grandísimo error. Pues se debe distinguir del que corrige la parte de redaccion, al que corrige las faltas cometidas en la caja, las cuales son inevitables hasta cierto punto. El que corrige la parte de redaccion es el autor que enmienda lo que él ha escrito ó por mejor decir es el que se corrige á sí mismo, el que enmienda las faltas de ortografia y demas, originadas de la caja, es el que llamamos corrector. Por lo tanto un corrector indispensablemente debe ser cajista para que no deje pasar faltas tipográficas, composiciones viciosas, letras gastadas, mal fundidas, de un ojo por otro, letras vueltas cran al reves, líneas mal espaciadas, desigualdad en la composicion, negligencia en el ajuste, descuido en las reglas tipográficas, etc., etc., del contrario, por bien que enmiende los errores que el cajista haya cometido, faltándole este requisito dejará de ser corrector (Serra y Oliveres, 1852, p. 292).

 

Para saber más sobre Serra y Oliveres, dejo el enlace al texto completo en la imagen de la portada. Conocer un poco más sobre la historia de la Corrección de textos es una tarea apasionante y necesaria para comprender los procesos clave en la edición de un libro. Conocer nuestro pasado como correctores es fundamental para poder proyectar el futuro de la disciplina. 

 

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