© 2017 Nuria Gómez Belart 

Hacela corta Beckett

13.7.2017

 

Samuel Beckett dijo alguna vez que todos nacemos locos, pero algunos continúan siéndolo siempre. La locura de la que se compone su obra, tiene cierta forma de absurdo o de grotesco, pero, en la práctica, son un espejo de lo visible. Nada de lo que se muestra es ajeno a la naturaleza humana, y, por lo tanto, es tan real como se pueda tolerar.

 

Hacela corta Beckett es una presentación de seis obras cortas adaptadas y versionadas por Rubén Pires y Hugo Halbrich, interpretadas por Jessica Schultz, Gerardo Baamonde, Celeste García Satur, Marina Tamar, Eduardo Lamoglia y Carlo Argento.

 

El espectáculo comienza con una mujer sentada, aparentemente muerta, pero que, de la nada, comienza a hablar sobre sus recuerdos. «La mecedora» es una historia donde se celebra la muerte por ser el fin de los tormentos. La protagonista se viste de fiesta con un traje de su madre y rememora, constante y monotónica, toda su existencia, en estructuras recurrentes hasta la desesperación. Entre pensamientos, vaivenes y una respiración entrecortada, surgen las emociones más profundas por aquello que no fue y por lo no deseado, las frustraciones y los comportamientos más miserables que pueden pensarse de un ser humano.

 

El segundo cuadro, protagonizado por Gerardo Baamonde, es sobre un «Monólogo» de un hombre que ha vivido más de treinta mil noches en vela, que recuenta los días desde que se descubrió acompañado de los fantasmas de su conciencia. La revisión y la indagación, conducen al personaje por un deambular que parece eterno en un espacio oscuro y angustiante, solo visible a través de la imaginación del público, gracias a la gestualidad del personaje.

 

El tercer cuadro, «Va y viene», es la historia de tres amigas que habían sido compañeras durante la escuela. En un banco de plaza se reúnen para recordar los viejos tiempos, pero, como suele ocurrir, más que un espacio de disfrute y de reencuentro, estas tres harpías se atacan en secreto y por la espalda, pero con la sonrisa brillante.

 

El cuarto cuadro, «Ohio Impromptu», trata de un hombre solitario que recibe a una visita extraña, todas las noches, con quien comparte la soledad. Dos personajes, uno lector y el otro oyente, en un cuadro estático y lento. Un sombrero de ala ancha protagoniza la mesa donde están trabajando estos dos personajes, en una relación similar a la de un corrector con su atendedor, o un escritor con un amanuense. Para los amantes de Beckett, especialmente, en esta obra, puede trazarse cierto paralelo con La última cinta de Krapp, en esos gestos que el personaje hace cuando revisa, retrocede o avanza sobre los audios en los que parece descubrir una verdad inútil.

 

El quinto cuadro es protagonizado por una mujer atrapada en un recuerdo del que no puede liberarse. «Pisadas» es el monólogo de May, quien, siendo niña, cometió el error de plantear a su madre que, con una alfombra en el suelo, no se podían escuchar las pisadas. En un ir y venir calculado de pasos, esta figura fantasmagórica, se desdobla entre la que es y una anciana postrada a quien debe cuidar. May, junto con su doble Amy, se limita a seguir siempre una trayectoria fija. En desafío a toda lógica convencional, la madre, encarnada por una voz emitida desde las tinieblas, parece regocijarse en el hecho de que su hija camine de un lado al otro, que se detenga por momentos para permanecer estática como una muñeca, pero que jamás salga de ese trayecto de sumisión que produce una angustia abrumadora.

 

La última obra es «Play». Se trata de las cabezas de dos mujeres y un hombre que, como en una exhibición, relatan sus puntos de vista sobre el triángulo amoroso del que formaron parte. Traiciones, amores, frustraciones, los deseos más altruistas y los más bajos instintos, todo se fusiona en esta discusión de tres cabezas desmembradas.

 

Rubén Pires ha sabido encontrar entre las historias un hilo conductor, un factor común que permite la asociación de los «absurdos» en algo pleno de sentido: las seis historias no solo tienen a su autor en común, sino que las temáticas confluyen en sentimientos encontrados, en una suerte de contradicción argumentativa que no se sostiene desde ninguna lógica basada en la evidencia. Samuel Beckett confirma  lo dicho al señalar que lo único que tenemos son las palabras. Estas palabras no son un instrumento por sí solas, puesto que son endebles. El verdadero mensaje está en los intersticios del discurso, en las implicaturas de los relatos de estos seres amargados que, invadidos por la angustia, utilizan las palabras como un modo de anclaje a la realidad a pesar de haber sido apartados del mundo que los rodeaba.

 

Aunque no tengan sentido, aunque sean breves, si se sabe leer entre líneas, estas seis obras de Beckett son absurdamente realistas y, a pesar de la paradoja, son una brillante captación de la naturaleza humana.

 

Ficha de la obra

Adaptación: Hugo Halbrich, Rubén Pires

Traducción: Hugo Halbrich, Rubén Pires

Actúan: Carlo Argento, Gerardo Baamonde, Celeste García Satur, Eduardo Lamoglia, Jessica Shultz, Martina Tamara

Vestuario: Juan Miceli

Escenografía: Pablo Ezequiel Graziano

Iluminación: Sebastián Crasso, Rubén Pires

Pelucas: Myriam Manelli

Maquillaje: Analía Arcas

Diseño gráfico: Nahuel Lamoglia

Asistente de producción: Mechi Lando

Asistencia de dirección: Luciana Martínez Bayón

Prensa: Silvina Pizarro

Dirección: Rubén Pires

Supervisión dramatúrgica: Lucas Margarit

EL TINGLADO TEATRO - Mario Bravo 948

 

Esta reseña se publicó en La Cazuela

 

 

 

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