© 2017 Nuria Gómez Belart 

Crapelet y los pilares del método francés

29.1.2018

Charles Crapelet comenzó a trabajar a los dieciocho años en la imprenta de Stoupe, una de las más importantes de París, y, al poco tiempo, se convirtió en uno de los correctores más capaces y reconocidos de su época. Se dice que era tan obsesivo con sus correcciones que el mismo día de su casamiento, hacia la medianoche, dejó la fiesta de su boda para ir a corregir unas pruebas que debían estar en la imprenta lo antes posible.

 

Su hijo, George Adrien Crapelet, lo sucedió en la casa Stoupe a la edad de veinte años. Entre sus ediciones más importantes están las obras de Destouches y Regnard, los poetas franceses, las fábulas de La Fontaine, la colección de los antiguos monumentos de la lengua francesa (en 4 volúmenes en octava). Estas ediciones son famosas por el cuidado en la impresión y en la corrección.

 

En 1837, publicó el primer volumen de Études sur la typographie. Este libro, que honra la memoria de su padre como un hombre literario, nunca se completó, pues, hacia fines de 1841, Crapelet falleció.

 

Tomando como modelo el trabajo de grandes correctores, este autor comienza el segundo capítulo de su manual definiendo las tareas del corrector:

 

Le nombre des correcteurs varie suivant la nature et la variété des travaux en activité dans un atelier. Lorsque ces travaux nécessitent l’emploi de deux correcteurs, ou plus, chacun d’eux doit être spécialement chargé de la lecture des épreuves en première ou en seconde, de manière que la même épreuve soit lue en première et en seconde par deux correcteurs différens (Crapelet, 1837, pp. 145-146).

 

Crapelet establece una jerarquía en el trabajo de la imprenta. El jefe del taller es el prote, a quien se le confía la administración interna del establecimiento, regula la distribución del trabajo y supervisa el progreso y la buena ejecución de las tareas. Además, es quien se ocupa de la tercera revisión del texto, en la que se necesita un ojo especializado para detectar los errores que hayan cometido los correctores y los armadores:

 

C’est dire assez que le prote ne doit pas être dépourvu d’instruction ; car la révision des tierces, après que les corrections ont été soigneusement conférées sur l’épreuve, doit être accompagnée, en quelque sorte, d’une rapide lecture, qui parfois saisit à l’improviste des fautes échappées au recueillement du correcteur, auquel sont dévolues les fonctions assurément les plus délicates et les plus épineuses de l’imprimerie (Crapelet, 1837, pp. 147-148).

 

Crapelet es muy crítico con aquellas imprentas que emplean protes para desarrollar la tarea, pues aquellos que están a cargo de esta función nunca pueden satisfacer por completo las expectativas de los dueños. Además, observa que el nombre que reciben es incorrecto porque implica ya desde la designación un conflicto de autoridad, lo cual es perjudicial para cualquier administración (Crapelet, 1837, p. 146).

 

Este autor distingue el corrector de pruebas del que revisa la tercera corrección (paginadas). También objeta la actitud de ciertos impresores que asignan diferentes tareas al corrector y, en consecuencia, distraerlo de su trabajo principal: «Toutes les fois qu’il aura d’autres fonctions, son attention, partagée entre différens objets, ne sera plus assez sûre pour remplir avec un plein succès celle qui doit captiver toutes ses facultés» (Crapelet, 1837, p. 146).

 

Como un claro defensor de los correctores, Crapelet toma una cita de La Brouyére para derribar los preconceptos de muchos autores sobre el oficio. La Brouyére, en el capítulo xv de Les Caractères oh les Moeurs de ce siècle, señalaba que el corrector era quien no tenía el talento para escribir:

 

Tel, tout d’un coup, et sans y avoir pensé la u veille, prend du papier, une plume, dit en soi-même, je vais faire un livre, sans autre talent pour écrire que le besoin qu’il a de cinquante pistoles. Je lui a crie inutilement : Prenez une scie, Dioscore; sciez, ou bien tournez, ou faites une jante de roue, vous aurez votre salaire. Il n’a point fait l’apprentissage de tous ces métiers. Copiez donc, transcrivez; soyez au plus correcteur d’imprimerie : n’écrivez point (apud. Crapelet, 1837, p. 148).

 

Ofendido por esta descripción, Crapelet asegura que La Bruyère desconocía cómo se hace un libro, al igual que muchos otros autores: «La Bruyère n’avoit aucune idée de F imprimerie, de même que beaucoup d’autres auteurs» (1837, p. 149) y se lamentaba de la conducta de ciertos intelectuales que opinaban sobre cuestiones que de las que sabían poco:

 

Il est toujours fâcheux qu’un homme d’esprit parle de choses qu’il ne connoît pas; il en parle mal, et il trompe souvent ses lecteurs. Je doute fort que La Bruyère lui-même, à qui il paroissoit plus facile d’être correcteur sans apprentissage, que de faire une jante de roue sans avoir appris le métier de charron, eût été jamais un bon correcteur (Crapelet, 1837, p. 149).

 

Aparentemente, según comenta Crapelet, esta cita de La Bruyère fue la que motivó a muchos escritores frustrados a presentarse en las imprentas para obtener empleo. Sin embargo, la formación en las Letras no garantizaba el conocimiento práctico de la impresión, razón por la cual, duraban poco en el cargo.

 

Por lo general, el trabajo del corrector, desde el Humanismo hasta principios del siglo XIX, había sido desempeñado por los hombres más distinguidos de la literatura y de la ciencia: «il en est qui s’acquittoient de leurs fonctions avec tant de ferveur et de conscience, qu’ils n’en voyoient la récompense que dans le ciel» (1837, p. 150). Tomando la expresión de un médico que envió una nota con sus pruebas de corrección, Crapelet afirma: «les correcteurs sont l’âme et la prospérité d’une imprimerie» (1837, p. 150), y los llama sabios por las exigencias que implica el trabajo:

 

Instruction, intelligence, mémoire, jugement, goût, patience, application, amour de l’art, et surtout l’oeil typographique, voilà ce que l’imprimeur attend pour le moins du correcteur auquel il confie la lecture des épreuves ; et, à ce compte, on pourroit dire que bien peu d’imprimeurs seroient aujourd’hui capables d’être correcteurs. Honorons, encourageons ces hommes utiles, qui, par leurs talens et leurs modestes travaux, contribuent si essentiellement à la réputation et à la prospérité de l’imprimerie française ! (Crapelet, 1837, p. 151).

 

Crapelet observa la decadencia en que vivía el mundo editorial en su época. Añorando los tiempos en que los correctores tenían una especialidad, eran prestigiosos y reconocidos por su entorno, admite que la calidad y la excelencia de los siglos pasados no tienen punto de comparación con la realidad que él vive, donde los correctores están sobrecargados de trabajo, desprestigiados y sobreexigidos tanto en los tiempos de trabajo como en la disparidad de contenidos:

 

Aujourd'hui les épreuves de quinze ou vingt ouvrages de tous les genres passent alternativement sous les yeux des mêmes correcteurs. Le style, les tournures de phrase, les systèmes d’orthographe, de ponctuation, varient selon le goût des auteurs; et il a faut qûe l’oeil, la mémoire, l’esprit, soient présens et attentifs à tout. Aussi n’existe-t-il peut-être pas d’emploi plus difficile à bien remplir que celui de correcteur dans les imprimeries très occupées. Souvent placés au milieu du bruit de l’atelier (ce que l’on doit éviter autant que possible); dérangés fréquemment pour donner des renseignemens aux compositeurs, ou pour répondre aux auteurs ; harcelés par les ouvriers imprimeurs, qui s’inquiètent peu qu’il reste des fautes dans les épreuves, pourvu qu’ils n’attendent pas une minute après les feuilles qu’ils réclament, on peut s’étonner que la correction soit encore aussi satisfaisante qu’elle l’est généralement dans les imprimeries de Paris (Crapelet, 1837, p. 155).

 

Su definición de lo que implica la corrección está idealizada. Si bien la define como el acto de corregir en una prueba, por medio de ciertos signos, las fallas que los compositores han cometido al ensamblar letras y palabras de una copia manuscrita o impresa, siguiendo a Henri Estienne, afirma que la corrección es para el arte tipográfico lo que el alma es para el cuerpo del hombre; le da ser y vida; ahuyenta la oscuridad de las escrituras y extiende allí la luz. Es una guerra obstinada contra las fallas que muy rara vez coronada por el éxito (Crapelet, 1837, pp. 233 y ss.):

 

 

C’est toujours sur eux d’abord que les auteurs, les éditeurs ou les libraires font tomber les reproches d’incorrection : ces plaintes, depuis les premiers temps de l’imprimerie, n’ont pas changé de voix. Il est certain cependant que ces difficultés sont si multipliées de leur nature, qu’elles sont comme un vice inhérent à l’art lui-même, tel qu’il nous a été transmis par ses inventeurs 1 ; et tous les efforts des typographes n’ont pu jusqu’ici parvenir qu’à en atténuer l’effet, sans espoir d’en triompher complètement (Crapelet, 1837, p. 234).

 

El autor plantea que la formación de un corrector debe ser muy elevada, pero que, ante la necesidad constante de correctores y la necesidad de algunos letrados por tener ingresos, hacen que muchos especialistas en otras materias se lancen a la tarea de corregir y ofrecen a los impresores medios infalibles de corrección que fallan en el primer intento.

 

Crapelet enumera una serie de cartas que prueban «charlatanería»; también, incluye en su lista aquellas que denotan, en sus autores, el deseo auténtico de superar de las dificultades de la corrección:

 

L’un d'eux m’écrivoit le 7 juillet 1808: «Je veux me consacrer à la plus rigoureuse correction des livres ; mes conte noissances, et les mesures que je prendrai, me perte suadent que je parviendrai, avec le secours de Dieu, à corriger les livres avec succès.» (Crapelet, 1837, p. 237).

 

Algunos dicentes de correctores se enorgullecían de los métodos que ideaban para resolver el problema de las erratas. Crapelet toma una de las tantas cartas que le escribían para instruirlo en «las nuevas metodologías»:

 

Un autre, plus confiant, adressoit aux imprimeurs de Paris, en 1829, une circulaire imprimée, dont j’extrairai quelques passages, parce que j'ai fait, à cette circulaire, une réponse qui se rapporte au sujet dont il est ici question :

« J’ai l’honneur de vous annoncer que je suis possesseur d’une nouvelle découverte pour la collation des textes, et la correction des secondes typographiques.

« Il n’est peut-être pas un de ces ouvrages de génie, la gloire et l’orgueil de la France littéraire, qui n’ait été plusieurs fois réimprimé.

« Mais si chaque nouvelle édition, revue par un Renouard ou un Crapelet, n’a pu que rétablir à peu près la pureté des textes, combien d’éditeurs reproduisent chaque jour les fautes de l’édition qu’ils ont prise au hasard pour copie, et augmentent de leurs fautes les textes, d’autant plus altérés déjà, qu’ils ont été plus souvent réimprimés depuis la dernière édition donnée par l’auteur.......

« L’auteur de la découverte que je porte à votre connoissance est si sûr de ses produits, cfu’il prend ici l’engagement de payer le prix qu’il aura reçu pour son travail, à l’investigateur qui, découvrira trois fautes, même légères, dans un volume de trente feuilles d’impression (480 pages). L’impossibilité qu’un nombre aussi considérable de fautes lui échappe est mathématiquement démontrée.

« Aussi, Monsieur, n'hésité-je pas à vous dire que le résultat infaillible de son procédé offre la collation exacte et littérale des textes.......

« Signé, SAINT-EDME,

« Homme de lettre» (Crapelet, 1837, p. 239).

 

Habiendo establecido que el trabajo de los impresores, tipógrafos y correctores exige conocimientos especializados y que no cualquiera puede desarrollar esta tarea, Crapelet explica el método que a él mejores resultados le ha traído, y para eso apela a la voz de la experiencia:

 

Ceux qui ont l’expérience de l’imprimerie savent que ses résultats ne sont dus qu’a une infinité d’opérations successives dont chacune a sa valeur, et qui veulent, pour être conduites à bonne fin, de l’ordre, de la rectitude , de la précision, une parfaite régularité dans le travail, et l’attention la plus vétilleuse sur toutes choses. Ces qualités sont indispensables au maître imprimeur qui a la conscience de son art, et qui veut l’exercer avec distinction. Elles ne suffisent pas à beaucoup près aujourd’hui, pour attirer dans une imprimerie une nombreuse et lucrative clien- telle ; mais quelque peu littéraire que soit une époque, il se rencontrera toujours de vrais littérateurs et de vrais savans, qui tiendront à honneur que leurs ouvrages paroissent au jour avec la plus belle parure de la typographie, la correction. L’imprimeur qui portera tous ses soins sur cette partie si essentielle de l’art, obtiendra donc quelquefois une juste préférence, et surtout pour des labeurs d’une exécution difficile, que ne se dispute pas d’ordinaire la concurrence (Crapelet, 1837, p. 235).

 

Luego, a lo largo de casi cien páginas explica el proceso de las tres revisiones, en el que coincide con los demás correctores, pero advierte, en cada fase, cuáles son los problemas que pueden suscitarse. Entre consejos y anécdotas, Crapelet describe cada una de las tareas que desarrollan los integrantes de la imprenta y desvela los secretos que solo los maestros transmitían a sus discípulos en el mismo trabajo.

 

Para conocer más sobre el tratado de Crapelet, aquí está el link.

 

 

 

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload