© 2017 Nuria Gómez Belart 

La crisis de la autoridad

10.3.2019

En un principio, el problema era encontrar material de consulta, y, en la actualidad, la superabundancia de opciones produce innumerables dudas. Los correctores deben tomar decisiones sobre cuál es la mejor referencia para cada tipo textual, de acuerdo con la especialidad, el contenido, el interlocutor y el contexto en que se realice la publicación.

Durante los últimos siglos, coexistieron los diccionarios de la Real Academia Española y los que publicaron algunos lingüistas y correctores, enfocados a despejar dudas, aclarar conceptos, profundizar en aspectos específicos de la reflexión gramatical necesaria en el trabajo editorial.

Si bien, en la Argentina, el primer Diccionario de Correcciones fue de Eduardo Miragaya (1945), las editoriales solían tomar como referencia las recomendaciones de Melús (1937) o las de Rafols (1947), que, si bien es un manual, ofrece herramientas para aclarar dudas. El cambio de paradigma se produjo cuando Manuel Seco publicó, en 1961, el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española (1993) y se convirtió en el material de consulta obligado para todo corrector.

Este material fue concebido partiendo de la base de que la lengua está en constante evolución, y el pretender trazar límites entre lo que en ella es «correcto» o «incorrecto›› solo puede hacerse referido a un determinado momento histórico. En palabras de Seco: «lo que hoy nos parece vicioso mañana puede ser perfectamente normal»:

Por ello este libro no es un código de la circulación lingüística. La intención que lo anima es la de orientar y aconsejar, señalar lo preferible y deseable, no decretar ni condenar. Su propósito es ayudar al sentido lingüístico de cada hablante para que trabaje en el perfeccionamiento de su propio lenguaje individual, dentro del ideal de la unidad idiomática de los países que hablan el español (Seco, 1993, p. XVI).

Para el autor, este diccionario no buscaba responsabilizarse de las dificultades lingüísticas que puedan presentarse al hablante, y tampoco trata de inculcar al lector la «pureza›› de la lengua, sino ofrecerle una orientación acerca de la norma culta del español actual, con vistas al mantenimiento de su unidad: «Entendemos por norma el conjunto de preferencias vigentes en una comunidad hablante entre las posibilidades que el sistema lingüístico tiene a disposición de ella» (Seco, 1993, p. XVII).

Coincide con Coseriu en que no se trata de la norma en el sentido corriente, establecida o impuesta según criterios de corrección y de valoración subjetiva de lo expresado, sino de la norma objetiva, es decir, aquella norma que siguen los miembros de una comunidad lingüística. No se pretende asociar este diccionario con la idea del «buen hablar» en la misma comunidad, pero planteaba la disyuntiva:

Claro está que, si yo le explico a mi lector «cómo se dice», le estoy sugiriendo «cómo debe decir» para que su expresión no sea anormal; y, por otra parte, la oposición «correcto››/«incorrecto», aunque ciertamente desacreditada hoy entre los lingüistas, podría mantenerse siempre que se conviniera en referirla a la adecuación a la norma lingüística (Seco, 1993, p. XVIII).

Seco admite que no es fácil exponer «la norma» sin mayores miramientos, porque cada hablante se encuentra situado en «una encrucijada de normas». Como se observó, la educación, el lugar donde se vive, el medio social con el que interactúa, todas las variables hacen que su «norma» no siempre coincida con «la norma» escrita en los diccionarios. Por esa razón, el autor advertía que, en las indicaciones sobre la norma ofrecidas en muchos de los artículos del Diccionario de dudas… debe tenerse en cuenta que se refieren al uso culto «formal›› y que pueden diferir de lo que sería aceptable, en el nivel coloquial.

Seco distingue la norma culta de la norma literaria, que no siempre se emparenta con la norma culta. Pero también contempla las diferencias lingüísticas que existen entre el español peninsular y el de América, y admite que todas las variedades del español son válidas y que, si bien su libro aspira a servir a todo el mundo hispanohablante, tiene de manera natural e ineludible como destinatario primero al hablante de la forma peninsular.

En general, Seco rehúye al tono dogmático. Hay casos, naturalmente, en que la norma es tajante: la lengua estándar rechaza satisfació y solo admite satisfizo. Pero donde hay fluctuación, el autor procura exponer al lector los datos que lo puedan orientar en su elección, sobre todo, con el uso de citas que ilustran los diversos usos: cuando confirman la norma y cuando se observa su transgresión. De todos modos, tanto en las gramáticas como en los manuales, Seco es constante en su búsqueda por describir la lengua para comprender mejor la producción. En ningún caso, pretende imponer una norma por sobre las demás, sino que admite las variaciones, muestra una actitud respetuosa, incluso, ante aquello que podría ser considerado un error lingüístico, y no lo condena, sino que intenta explicarlo con la intención de reparar aquello que falla en la comunicación.

Como el Diccionario de dudas…de Manuel Seco, surgieron muchos más, en especial, a partir de los años sesenta, del siglo XX. En todos los casos, el objetivo era desambiguar, aclarar, despejar dudas, romper con determinadas expresiones mal usadas por influencia de las lenguas de contacto, etcétera.

En la Argentina, dos autoras se convirtieron en las figuras referentes: Alicia María Zorrilla, quien ha publicado una enorme cantidad de manuales, dudarios y diccionarios normativos para orientar tanto a los correctores como a los traductores, y María Marta García Negroni, quien constantemente actualiza y profundiza su manual de corrección de estilo, de acuerdo con las variaciones de las normas y los avances en el campo de la Lingüística textual y del Análisis del Discurso. Pero también, en el resto de los países de habla hispana hubo un interés por producir textos en normativa, en corrección y en edición, como los trabajos de José Martínez de Sousa, Manuel Seco, Susana Rodríguez-Vida y tantos otros especialistas.

Las Academias también debieron publicar diccionarios en los que se describía la lengua española y se ofrecían respuestas ante algunos dilemas troncales como la cuestión de las variedades lingüísticas (Moure, 2018). Por ejemplo, el Diccionario panhispánico de dudas publicado por la Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005), tenía por objetivo registrar aquellos casos en que las variaciones en la designación de acuerdo con la comunidad de hablantes de cada zona. Sin embargo, se presentaban algunas contradicciones con el DRAE (2001), la OLE (1999), el DELE (2006), y, en consecuencia, se modificaron algunos apartados en la versión en línea.

Por su parte, el DELE (2006) buscó recuperar la tradición académica de publicar compendiadas algunas de sus obras. Se concibió como un texto complementario, destinado a todos los hispanohablantes interesados en disponer de una versión útil, sencilla y actualizada del Diccionario de la lengua española. Básicamente, se trata de un compendio de la 22.ª edición del DRAE sin los arcaísmos, los localismos o coloquialismos no compartidos por España y América, con el propósito de mantener solamente aquellos términos y acepciones que tienen un uso verificado en el español actual. Por lo tanto, es evidente la contradicción de base entre este diccionario y el DPD (2005).

Con la aparición de la Nueva Gramática de la lengua española y las formas complementarias a esta obra monumental dirigida a los especialistas, buscaba describir la lengua desde una perspectiva generativista, y, de esa manera, actualizar la base teórica sobre la que se sostienen los estudios académicos. Sin embargo, como en toda transición de un sistema teórico a otro, existen contradicciones entre los distintos apartados de la propia gramática, así como en los criterios para describir la lengua en los diccionarios que se publicaron, posteriormente, por las academias, como el criterio de transitividad e intransitividad en los verbos o la asignación de clases de palabras. Por ejemplo, los verbos transitivos pueden manifestarse en posición absoluta, es decir, sin el complemento directo expreso, para la nueva gramática, el verbo sigue siendo transitivo a pesar de la ausencia; sin embargo, en el DLE (2014), en un verbo como ‘abandonar’, por citar un caso, se indica como intransitivo en su sexta acepción —«6. intr. En el juego o en el deporte, dejar de luchar, darse por vencido. Al tercer asalto, abandonó»—. Este razonamiento es inadmisible desde una perspectiva generativista, porque se presupone, aunque no esté expreso, el abandonar el juego, la contienda, los estudios o un lugar concreto. Con el caso de ‘mismo’ ocurre algo similar. Por su carácter vacío de contenido específico, que se llena significación en el contexto en el que se exprese, estos términos son considerados determinativos cuantificadores indefinidos que operan sobre la identidad del término al que acompañan; pero, en el DLE (2014), solo se los presenta como adjetivos.

En las Academias también se publican diccionarios regionales, como el Diccionario gramatical de la lengua española: la norma argentina (2014), donde no solo se describe la norma sino que se la contrasta con la norma panhispánica en los casos que existen diferencias. También se crearon diccionarios de especialidad, como el Diccionario panhispánico del español jurídico (2018) o el Diccionario del español jurídico (2016) con la intención de sentar una base para aportar un soporte teórico para las iniciativas en el lenguaje claro o lenguaje simple.

Es evidente que este periodo de transición provoca grandes insatisfacciones, sobre todo, para los correctores que no siempre encuentran una respuesta sólida para las dudas que surgen del trabajo diario. De todos modos, es valorable el cambio de actitud de las academias que, durante los últimos años, han aumentado las investigaciones sobre la lengua y su producción escrita. Y no solo publican las Academias, sino que en otros ámbitos profesionales se desarrollan  diccionarios para clarificar dudas:

Los diccionarios se crean con la idea de conocer las palabras que se usan en el mundo y porque esas palabras nos abren la puerta para conocer el mundo; sin embargo, no todos los diccionarios son iguales y este, en particular, tiene una necesidad diferente: la de sistematizar en la Argentina el uso de mayúsculas y de minúsculas a través de reglas locales, claras y precisas. Se expondrán también las normas panhispánicas sobre este tema a fin de contrastarlas con las nuestras. La lengua española no tiene hoy un solo centro (España), sino muchos, cada uno de los países de la América hispana. La norma ha dejado de ser monocéntrica, única, para convertirse en policéntrica, de cada país en que se habla español, ya que los cambios normativos responden también a la distribución geográfica, los niveles de lengua, las situaciones, los géneros discursivos (Predassi Bianchi y Velasco, 2018).

Así como florecieron los diccionarios y las contradicciones, se publicaron muchos trabajos de compilación de reflexiones lingüísticas en relación con la norma, las prácticas de corregir y redactar. Ya se han mencionado los trabajos de Ricardo Tavares Lourenço y Sofía Rodríguez, pero también en las publicaciones periódicas aparecieron un sinnúmero de artículos de escritores, profesores y periodistas que analizaban un término y daban a conocer la norma como una forma de instruir al hablante común sobre la transformación de las normas y la incorporación de neologismos.

Merino (2001) expone en un apartado una suerte de manifiesto en el que cuestiona la nueva versión que la Real Academia Española había preparado «corrigiendo, actualizando y acrecentando» la versión anterior. Ante todo, su reclamo se orientaba a lograr una norma verdaderamente panhispánica. Este reclamo se multiplica en la mayoría de los correctores: aunque de palabra se proclamen que la norma es panhispánica, casi siempre se reflejan los rasgos peninsulares y poco espacio se da a las otras variedades de la lengua:

En una época de tantos avances tecnológicos en lo que a comunicación se refiere, y cuando esperaba encontrar una verdadera revisión a fondo de la Ortografía, y su consecuente adaptación a los tiempos que corren -prácticamente, los albores de un nuevo siglo y, por si fuera poco, de un nuevo milenio-, lo que encuentro son, por un lado, contradicciones en el espíritu que alienta esta nueva Ortografia, y por otro, retrocesos en la normatividad del idioma (Merino, 2001, p. 226).

Como señaló Gabriel García Márquez en el congreso de Zacatecas, «en aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad». Resulta claro en los prólogos y otros paratextos de los diccionarios que no buscan imponer, que sugieren, que pretenden desarrollar un trabajo de conciliación entre las variedades del español; pero, en la práctica —incluso se observa en el Esbozo…— lo escrito adopta la forma de ley normotética, y ante la riqueza lingüística de cada región, se busca simplificar los criterios, y, en la síntesis, se descartan las formas que no son nucleares desde una perspectiva peninsular.

El corrector necesita de una gramática simple, de reglas claras y consistentes. No tolera las imposiciones artificiosas ni las contradicciones en la misma voz. Por cada una de esas contradicciones, hay que analizar y considerar las opciones, elegir aquella que sea consecuente con todas las otras decisiones que se hayan tomado hasta el momento; además, deben ser formas de expresión naturales al autor —es decir, que no le resulte una forma ajena—, y deben mantener la consistencia respecto de los casos en que no se ofrecía la contradicción y que ya fueron revisados. Si se considera en este panorama la paga y el tiempo que tiene para desarrollar la tarea, se comprenden los reclamos a las academias.

Las quejas no solo se manifiestan por las incorporaciones, sino también por la imposición mediante la cual se descartan formas usadas por la mayoría de los hablantes. En ese contexto, también aparecieron publicaciones donde se revalorizaban estas formas descartadas —como en el caso de la tilde en los demostrativos— o se cuestionaba el criterio con que tomaban las decisiones los miembros de la Real Academia Española, y, luego, de la Asociación de Academias de la Lengua. Un ejemplo simpático es el «bestiario de desafueros lingüísticos» escrito por María Irazusta (2014), en colaboración con un grupo de periodistas que, con el propósito de «rescatar» el español repasan errores idiomáticos frecuentes y exponen las contradicciones de las Academias, como el registro de vulgarismos como almóndiga, pero descartan negrísimo para defender nigérrimo. Con humor escatológico y cercanía didáctica, presentan casos, como la naturaleza de la expresión alma máter y el artículo con el que coordina, o el régimen preposicional de los adverbios de lugar —detrás, cerca, encima, etcétera—. Si bien, coinciden en varias oportunidades con la norma académica, muchas veces, toman ese aspecto en común para cuestionar las diferencias de opinión.

Como los correctores suelen tener un espíritu metódico y puntillista, ante la fluctuación de normas entre las figuras de autoridad, se han publicado numerosas tablas de contraste, cuadros de doble entrada u otros gráficos para ordenar el pensamiento de los correctores. Ejemplo de ello es El libro rojo de Cálamo (Molero y Martín, 2013), donde comparan cincuenta y una obras de consulta respecto de las normas ortotipográficas, y, sobre la base de ello, componen su propio manual de estilo.

La Real Academia Española también da una respuesta de unificación de criterios cuando, en 2018, lanza el Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica. En su prólogo explican cómo, desde el comienzo, los diccionarios de la Academia incorporaban términos que provenían del mundo de la literatura, pero también del ámbito vulgar o cotidiano y que, se consignaba el uso y constituían una norma diferente de la estandarizada. Con una redacción ecléctica, a veces, oscura, describen el proceso de formación de las academias y de la ASALE, y, en el afán de la síntesis, pasan por alto algunos sucesos. Un aspecto cuestionable es el hecho de haber omitido las academias que se ubican fuera de la península o América, y, en consecuencia, lleva al lector a dudar sobre la fisonomía panhispánica que adopta este Libro de Estilo.

Dejando a un lado la cuestión de la norma, y el principio panhispanista que dice regirla, este manual explora, por primera vez en las publicaciones académicas, los espacios de realización de la escritura digital. Dedica un capítulo extenso a la ortotipografía para soportes digitales, así como presenta algunos recursos propios de la oralidad textual y describe su uso en estos espacios. También, por primera vez, define una normativa para el uso de emojis y otros recursos icónicos, propios de un registro vulgar, y por lo tanto, no estandarizado. Esta tendencia a reglar determinadas formas discursivas que se caracterizan por no respetar las normas académicas, sino que tienen normas propias derivadas del uso, seguramente, traerá mayores problemas para los correctores, puesto que se trata de contenidos que no suelen ser objeto de la corrección, y, al reglarlos, de alguna manera, abren la puerta para que esas formas propias de otro tipo de registros pasen a formar parte de la lengua estándar.

La pregunta latente entre tantos diccionarios es cuál elegir cuando la autoridad está en crisis en parte por culpa de los antinormativistas o los antiacademicistas, pero también por sus propias desprolijidades. Ya pasaron diez años y la Real Academia Española sigue sacando libros que pasan por alto lo que definieron en los libros anteriores, en vez de unificar los criterios de los libros que ya están publicados. Ya es tiempo, señores, de que todos los libros se construyan sobre la misma base teórica. Para tener autoridad, hay que ser consistente en lo que uno dice, y consecuente entre la palabra y el acto. 

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