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Del autor al escribiente creativo: silencio, reescritura y producción literaria en Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • hace 1 minuto
  • 12 min de lectura


Introducción

La tradición literaria occidental ha tendido a asociar la figura del escritor con la producción de obras. Desde esta perspectiva, el reconocimiento autoral suele vincularse con la publicación de textos, la consolidación de una trayectoria y la incorporación de una obra al patrimonio cultural. Sin embargo, junto a esta concepción productiva existe una zona menos visible integrada por interrupciones, proyectos inconclusos, manuscritos destruidos, libros imaginarios y decisiones de no escribir. Lejos de ocupar un lugar marginal, estas formas de ausencia han suscitado algunas de las reflexiones más persistentes sobre los límites de la creación y sobre las condiciones que la hacen posible.

La figura de Bartleby, el escribiente creado por Herman Melville en 1853, constituye uno de los antecedentes más significativos de esta problemática. Su célebre respuesta —«Preferiría no hacerlo»— introduce una modalidad de resistencia basada no en la confrontación abierta, sino en la suspensión de la acción. A partir de entonces, la negativa bartlebyana se convirtió en una referencia recurrente para pensar distintas formas de renuncia, inacción y silencio en la cultura moderna. No resulta casual que Melville eligiera como protagonista a un escribiente y no a un autor. La figura de quien copia, registra y reproduce textos desplaza la atención desde la originalidad hacia los procesos de transmisión y circulación de los discursos, una cuestión que continuará adquiriendo relevancia en la literatura contemporánea.

En Bartleby y compañía (2000), Enrique Vila-Matas retoma esa tradición para construir una obra situada en una zona fronteriza entre la novela, el ensayo, la autobiografía y la crítica literaria. A través de una serie de notas atribuidas a un narrador que investiga a los llamados «bartlebys», es decir, escritores afectados por alguna forma de imposibilidad creativa, la novela explora las relaciones entre creación y silencio, presencia y ausencia, deseo y renuncia. Sin embargo, lejos de limitarse a documentar casos de esterilidad literaria, el texto desarrolla una paradoja fundamental: aquello que parece negar la literatura termina convirtiéndose en materia literaria.

Esta operación se sostiene mediante una estructura basada en referencias, comentarios y relecturas que transforma la novela en una reflexión sobre sus propios mecanismos de construcción. La escritura ya no aparece como un acto originario realizado por una conciencia aislada, sino como una práctica vinculada con la lectura, la interpretación y la reorganización de materiales heredados de la tradición. En este sentido, la obra dialoga con una concepción de la literatura entendida como biblioteca, archivo y conversación permanente entre textos, perspectiva presente tanto en la teoría literaria contemporánea como en autores que, como Jorge Luis Borges, pensaron la creación a partir de la relectura y la reescritura.

Este trabajo propone analizar Bartleby y compañía como una reflexión sobre formas alternativas de creación literaria. Se sostiene que la novela resignifica la negativa bartlebyana mediante una estructura basada en la intertextualidad, el comentario y la reescritura, transformando el silencio en una instancia generadora de nuevos discursos. Asimismo, se argumenta que la obra cuestiona las nociones tradicionales de autoría y originalidad al desplazar el foco desde la figura del autor hacia la del lector, el comentador y el escribiente, entendidos como agentes fundamentales en los procesos de circulación y recreación del sentido.

Para ello, se examinará, en primer lugar, la reformulación que Vila-Matas realiza de la figura de Bartleby; en segundo término, se analizará el papel de la intertextualidad, la reescritura y la recepción como mecanismos constructivos de la novela; finalmente, se abordará el modo en que el silencio y la ausencia se convierten en elementos capaces de generar significado y nuevas formas de elaboración simbólica, permitiendo una reconsideración crítica de la noción moderna de autoría.


De Bartleby a Vila-Matas: la resignificación de la negativa

La figura de Bartleby ocupa un lugar singular dentro de la literatura moderna porque transforma una acción aparentemente simple —negarse a realizar una tarea— en un problema filosófico, político y estético. A diferencia de los personajes que se rebelan abiertamente contra las normas de su entorno, Bartleby no propone una alternativa ni busca sustituir un orden por otro. Su respuesta reiterada, «Preferiría no hacerlo», introduce una suspensión que desarticula las expectativas de quienes lo rodean y pone en crisis la lógica de la productividad que organiza la vida laboral moderna.

La elección de un escribiente como protagonista resulta especialmente significativa. Bartleby no es un autor ni un creador en el sentido romántico del término. Su trabajo consiste en copiar textos producidos por otros. La actividad escritural aparece asociada a la reproducción, la repetición y el trabajo cotidiano antes que a la inspiración o a la originalidad. En este sentido, la negativa de Bartleby afecta directamente una práctica vinculada con la circulación de los discursos. La interrupción del acto de copiar equivale, simbólicamente, a una interrupción de la cadena de transmisión textual.

En el relato de Melville, esta negativa conduce progresivamente a la inmovilidad. Bartleby deja de copiar, deja de colaborar con la oficina y finalmente deja de participar de la vida social. Su silencio se presenta como una forma extrema de retirada que culmina en la desaparición del sujeto. La imposibilidad de actuar se convierte, así, en una imposibilidad de existir dentro de las estructuras que organizan el mundo moderno.

Vila-Matas retoma esta figura, pero altera profundamente su significado. Los bartlebys que recorren la novela no constituyen una categoría homogénea ni responden a una única causa. Algunos abandonan la escritura por desencanto; otros quedan paralizados por exigencias estéticas imposibles de satisfacer; otros eligen conscientemente el silencio. La imposibilidad de escribir aparece como una experiencia múltiple que atraviesa épocas, tradiciones y contextos diversos.

Más importante aún es el hecho de que la novela convierte esa imposibilidad en objeto de exploración narrativa. El narrador construye un libro sobre quienes no producen libros. La aparente esterilidad de los bartlebys genera un nuevo discurso que se alimenta precisamente de las huellas dejadas por esas ausencias. De este modo, la negativa deja de funcionar como un punto final para transformarse en el comienzo de una búsqueda literaria.

La paradoja resulta central para comprender el proyecto de Vila-Matas. Allí donde Melville mostraba una retirada que conducía al silencio, Bartleby y compañía encuentra una fuente de elaboración textual. La narración surge no a pesar de la ausencia, sino precisamente de ella. Los vacíos, las interrupciones y los proyectos inconclusos se convierten en materiales capaces de generar nuevas interpretaciones y nuevas formas de escritura.

En consecuencia, la novela desplaza el sentido de la negativa bartlebyana. El «preferiría no hacerlo» deja de representar únicamente una renuncia para convertirse en un principio crítico que permite cuestionar las relaciones entre creación, productividad y reconocimiento cultural. La obra sugiere que la experiencia literaria no se define exclusivamente por aquello que llega a escribirse, sino también por las tensiones, los rechazos y las posibilidades no realizadas que acompañan todo proceso creativo.

Desde esta perspectiva, la figura del bartleby deja de designar un simple caso de bloqueo o fracaso. Se convierte en una herramienta conceptual para pensar los límites de la autoría moderna y para explorar formas alternativas de participación en la cultura escrita. La pregunta ya no es únicamente por qué ciertos autores dejan de escribir, sino qué tipo de literatura puede surgir precisamente de esa renuncia.


La escritura como comentario: intertextualidad, biblioteca y reescritura

Uno de los rasgos más singulares de Bartleby y compañía es la sustitución de la narración convencional por una estructura basada en notas, comentarios y referencias. La novela se presenta como una serie de entradas numeradas en las que el narrador reúne observaciones sobre autores reales e imaginarios vinculados con alguna forma de silencio literario. Este procedimiento desplaza el interés desde la construcción de una trama hacia el establecimiento de relaciones entre textos, autores y tradiciones culturales.

La obra puede analizarse, en este sentido, a partir del concepto de transtextualidad desarrollado por Gérard Genette (1989). Según el teórico francés, los textos mantienen múltiples vínculos con otros textos previos mediante citas, alusiones, comentarios, transformaciones o imitaciones. En Bartleby y compañía, estas relaciones no constituyen un recurso accesorio, sino el principio organizador de la novela. El relato avanza mediante la incorporación constante de voces ajenas, referencias bibliográficas, anécdotas literarias y reconstrucciones biográficas que configuran una extensa red de relaciones textuales.

La consecuencia más evidente de este procedimiento es la relativización de la idea de originalidad. El narrador no pretende construir un universo autónomo ni presentar una historia completamente nueva. Por el contrario, organiza materiales dispersos procedentes de múltiples tradiciones y los integra en una configuración diferente. El trabajo textual aparece así como una práctica de selección, articulación e interpretación antes que como un acto de creación absoluta.

Esta lógica encuentra un antecedente significativo en la obra de Jorge Luis Borges. En relatos como Pierre Menard, autor del Quijote, La biblioteca de Babel o Examen de la obra de Herbert Quain, la literatura aparece concebida como una biblioteca potencialmente infinita, compuesta tanto por textos existentes como por textos imaginarios, perdidos o posibles. En ese universo, el sentido de una obra no depende exclusivamente de su origen, sino de las relaciones que establece con otros textos y con nuevas circunstancias de lectura.

La proximidad entre Borges y Vila-Matas no radica únicamente en el uso de referencias literarias o en la presencia de bibliotecas imaginarias. En ambos casos, la literatura se presenta como una actividad basada en la relectura y en la reorganización de materiales heredados. El interés ya no se concentra en la producción de una obra absolutamente novedosa, sino en la posibilidad de generar nuevas relaciones entre elementos preexistentes. La creación se desplaza desde el origen hacia la articulación.

Esta perspectiva dialoga también con las reflexiones de Roland Barthes sobre la naturaleza del texto literario. En "La muerte del autor", Barthes sostiene que todo texto constituye un tejido de citas procedentes de múltiples espacios culturales y que el significado no puede reducirse a la intención de una conciencia creadora. La novela de Vila-Matas parece materializar esta idea al construir un discurso compuesto por fragmentos, ecos y referencias que impiden identificar una fuente única y estable del sentido.

Sin embargo, la obra no se limita a cuestionar la centralidad del autor. También otorga un papel decisivo al lector. En este punto resultan especialmente relevantes los aportes de Hans Robert Jauss y Wolfgang Iser, quienes conciben la lectura como una actividad productiva capaz de actualizar y transformar el significado de los textos. Desde esta perspectiva, el sentido no se encuentra completamente fijado en la obra, sino que emerge en el encuentro entre texto y lector.

El narrador de Bartleby y compañía encarna precisamente esta figura. Antes que un autor en el sentido tradicional, se presenta como un lector que recopila, comenta, interpreta y reorganiza materiales ajenos. Su escritura surge de la lectura y se alimenta de ella. La novela convierte así la recepción en procedimiento narrativo y transforma el comentario en una forma legítima de creación.

En consecuencia, la obra cuestiona una oposición largamente establecida entre lectura y escritura. Leer no aparece como una actividad secundaria ni subordinada a la creación, sino como una práctica capaz de generar nuevos textos, nuevas asociaciones y nuevas formas de significado. El comentario deja de ocupar una posición marginal para convertirse en el principio estructurador de la novela.

Desde esta perspectiva, Bartleby y compañía propone una concepción de la literatura basada en la circulación, la reinterpretación y la reescritura permanente. La obra demuestra que escribir no consiste necesariamente en producir algo completamente nuevo, sino también en establecer relaciones inéditas entre materiales heredados. La creación aparece así menos como un acto de origen que como una operación de lectura capaz de reorganizar el archivo cultural y devolverlo transformado a la tradición.


El silencio productivo y la crisis de la autoría

La reflexión sobre los escritores que no escriben conduce inevitablemente a una reconsideración de la figura del autor. Desde el siglo XIX, la cultura literaria occidental consolidó una imagen del escritor asociada con la originalidad, la creatividad individual y la producción de obras. La legitimidad autoral quedó estrechamente vinculada a la capacidad de generar textos propios y de ocupar una posición reconocible dentro del campo literario. En este marco, el silencio suele interpretarse como una interrupción de la actividad creadora o como el síntoma de una imposibilidad.

Bartleby y compañía cuestiona de manera sistemática esta concepción. La novela desplaza el interés desde las obras efectivamente producidas hacia un conjunto de fenómenos que, desde una perspectiva tradicional, podrían considerarse periféricos: libros inexistentes, proyectos abandonados, manuscritos destruidos, silencios voluntarios y trayectorias interrumpidas. Lejos de presentarlos como simples fracasos, los convierte en elementos constitutivos de la experiencia literaria.

La operación resulta significativa porque obliga a reconsiderar qué entendemos por creación cultural. Si la literatura estuviera constituida únicamente por obras publicadas y textos concluidos, gran parte del universo explorado por Vila-Matas quedaría excluido de ella. Sin embargo, la novela demuestra que las ausencias también generan efectos interpretativos. Los libros no escritos producen expectativas; los manuscritos perdidos alimentan conjeturas; las obras imaginarias organizan lecturas; los silencios autorales se transforman en objetos de comentario y análisis. La falta de una obra material no implica necesariamente la ausencia de una intervención cultural.

En este punto adquiere especial relevancia la figura del escribiente. Tanto Melville como Vila-Matas recurren a personajes cuya relación con la palabra escrita no se define por la creación original, sino por actividades de copia, registro, recopilación y comentario. Frente al modelo romántico del autor como origen único del significado, el escribiente ocupa una posición intermedia dentro de la circulación de los discursos. Su tarea consiste menos en producir contenidos inéditos que en conservar, transmitir y reorganizar materiales preexistentes.

La elección de esta figura no parece casual. A lo largo de la novela, el narrador actúa menos como un autor tradicional que como un escribiente contemporáneo. Recopila historias, reconstruye trayectorias, establece relaciones y reorganiza fragmentos procedentes de otros textos. Su labor se aproxima a la del glosador, el archivista o el comentarista que trabaja sobre materiales heredados. La escritura surge de un proceso de lectura y montaje más que de un gesto fundacional.

Esta transformación permite comprender por qué la novela insiste en las fronteras difusas entre leer y escribir. Si la actividad del narrador consiste en reorganizar una biblioteca previa, la autoría deja de aparecer como una instancia originaria para convertirse en una práctica relacional. El escritor ya no ocupa una posición exterior a la tradición, sino que interviene en ella mediante operaciones de selección, articulación e interpretación.

Desde esta perspectiva, el silencio deja de representar el límite exterior de la literatura para convertirse en uno de sus componentes constitutivos. La ausencia no funciona únicamente como una carencia, sino también como una condición que impulsa nuevas lecturas. Allí donde un texto se interrumpe, otro comienza; allí donde una voz calla, otra intenta reconstruirla. El vacío se transforma en un espacio de elaboración simbólica.

La paradoja central de Bartleby y compañía consiste precisamente en demostrar que la literatura puede surgir de aquello que aparentemente la niega. La imposibilidad de escribir genera escritura; la interrupción produce comentario; el silencio convoca nuevas interpretaciones. Al convertir estas tensiones en el núcleo de su proyecto narrativo, Vila-Matas desplaza los límites tradicionales de la creación literaria y propone una visión de la cultura escrita basada menos en la acumulación de obras que en la continuidad de los procesos de lectura, transmisión y reescritura.


Del autor al escribiente creativo

El análisis de Bartleby y compañía permite observar que la novela trasciende ampliamente el problema de la renuncia a escribir que anuncia su argumento. Aunque la obra se presenta como una investigación sobre escritores afectados por distintas formas de silencio creativo, su verdadero objeto de reflexión es la naturaleza misma de la creación literaria y las figuras que intervienen en ella.

La recuperación de Bartleby constituye el punto de partida de este recorrido. Sin embargo, Vila-Matas modifica profundamente el sentido de la negativa formulada por el personaje de Melville. Allí donde el escribiente norteamericano encarnaba una retirada progresiva de la acción, la novela contemporánea encuentra una fuente inagotable de escritura. El silencio deja de funcionar como un punto de llegada para convertirse en un principio generador de relatos, comentarios e interpretaciones.

La estructura de la obra confirma esta transformación. A través de procedimientos de intertextualidad, comentario y reescritura, el texto desplaza el centro de gravedad de la literatura desde la producción de obras originales hacia las prácticas de lectura y reorganización de materiales preexistentes. La novela no se construye a partir de una historia autónoma, sino mediante la articulación de una vasta biblioteca de textos, autores y referencias que adquieren nuevas formas de relación en la mirada del narrador.

En este sentido, Bartleby y compañía cuestiona una concepción de la autoría basada exclusivamente en la originalidad individual. La figura tradicional del autor cede espacio a otras figuras habitualmente relegadas por la historia literaria: el lector, el comentador, el copista y el escribiente. Todos ellos participan activamente en la construcción de significado mediante operaciones de selección, transmisión, interpretación y reconfiguración de discursos previos.

La novela sugiere, así, que la literatura constituye menos un conjunto de obras cerradas que una red dinámica de lecturas y reescrituras. Los textos no existen de manera aislada, sino que se incorporan a una conversación continua donde cada lectura reactualiza materiales heredados y los proyecta hacia nuevas configuraciones. La creación aparece entonces como una práctica relacional antes que como un acto de origen absoluto.

Desde esta perspectiva, el silencio adquiere una función diferente de la que habitualmente se le atribuye. Lejos de representar únicamente una ausencia o una forma de esterilidad, se convierte en una condición de posibilidad para nuevas elaboraciones simbólicas. Los libros no escritos, los proyectos inconclusos y las obras imaginarias forman parte de la historia literaria porque generan lecturas, interpretaciones y relatos que continúan expandiendo el archivo cultural.

En última instancia, Bartleby y compañía propone una reconsideración de los límites mismos de la literatura. La obra demuestra que la actividad literaria no depende exclusivamente de aquello que se escribe, sino también de aquello que se lee, se recuerda, se comenta y se reescribe. En este desplazamiento, la figura del autor deja de ocupar una posición excluyente y comparte protagonismo con otras formas de intervención sobre los textos. El escribiente, tradicionalmente situado en los márgenes de la creación, emerge entonces como una figura privilegiada para comprender una literatura concebida no como origen, sino como circulación, memoria y reescritura permanente.

Más que una novela sobre la imposibilidad de escribir, Bartleby y compañía puede leerse, así, como una reflexión sobre las múltiples formas de habitar la literatura. Entre el autor y el silencio, Vila-Matas descubre un territorio poblado por lectores, copistas, glosadores y comentadores. En ese espacio intermedio, donde escribir implica también leer y reescribir, la figura del escribiente recupera una centralidad inesperada y se convierte en una clave para pensar la creación literaria contemporánea.

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