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Poetas del Blues - Entre el Bien y el Mal


En el Delta del Mississippi, una vez existió un hombre que quería ser un músico famoso. Se dice que se encontró en el cruce de dos caminos con un viejo que escuchó sus deseos, y le afinó la guitarra a cambio de una sola cosa: su alma.

El camino correcto

Desde que el mundo existe, la humanidad se ha preocupado por el recto camino de la vida de cada persona. Casi podría definirse como un arquetipo, pues, en todas las culturas, surge esta idea de camino como metáfora.

Puede resultar extraño que sea una constante, pero basta nombrar un par de ejemplos literarios para observar que todos hemos recibido alguna vez recomenda­ciones (conscientes o no) al respecto.

Si tomamos cualquier cuento medieval, como puede ser el de Caperucita Roja, encontramos a simple vista el problema de la desobediencia a la madre y que, en el camino, se encuentra con el lobo. Hoy puede verse como una historia sencilla; aunque, cualquier persona curiosa, cono­ciendo la simbología de la Edad Media europea, puede llegar al planteo de que una niña que ha tenido su menarca (por eso la caperuza roja), decide entre ir por el camino que le marca su madre o desviarse y encontrarse con el lobo, el clásico símbolo de la lujuria. Un ejemplo más evidente para el lector actual es el de Fausto, quien, por obtener lo que desea, pacta con Mefistó­feles y vende su alma.

Esta idea del camino de la vida también aparece en el mundo afroamericano. Pero sería un error creer que proviene de Europa. Aunque hay cierta influencia del puritanismo, la raíz de este símbolo es netamente afri­cana. De hecho, el mito de Exú se traspasó a América como un calco.

La mitología

En un principio existió lo increado, lo llamaron Oloòrúm. Cuando lo increado se materializó en el universo visible, todos los elementos comenzaron a expandirse, a separarse. Entonces, Oloòrúm creó un ser que mantuviera el movimiento para que el universo no muriera y pudiese recorrer sin límites todos los cantos, visibles e invisi­bles. Este ser recibió diferentes nombres de acuerdo con los grupos étnicos. Y con la llegada a América de estos pueblos, la situación se hizo más compleja: Exú, Bará, Elegbará, Legbá, Aluvaiá, Barabô, son algunos de esos nombres.

Para los europeos que vivían en el Nuevo Mundo, resultó difícil la dominación de los negros desde el punto de vista cultural, y es probable que se aprovecharan del panteón africano y lo amoldaran, en la medida de lo posible, a la idiosincrasia cristiana, por lo que se hizo necesario establecer un sistema moral acorde con el contexto.

Exú fue la deidad perfecta para asumir el rol del «diablo», por ser de la entidad más cercana al mundo material; ante la nece­sidad de resolver cuestiones mundanas, los esclavos siempre recurrían a Exú que, con el tiempo, se convirtió en la figura protec­tora contra la dominación blanca. Como su elemento es el fuego, y como muchas veces se lo representa con una sonrisa perversa y una permanente erección, los blancos lo definieron, sin dudar, como la imagen equivalente de Satanás.

Pero las ideas de Bien y Mal no se encarnan en un solo ser para el mundo africano. Exú es el regulador y el respon­sable de equilibrar las fuerzas positivas o negativas, es un mensajero de los dioses. Es el guardián de los caminos y de las puertas de este mundo, y él decide a quién trabarle el trayecto de su vida y a quién facilitárselo.

Con el correr del tiempo y con los procesos transculturales, los símbolos suelen modificarse, y en el caso de la música afroamericana, la figura de Exú asumió todas las características de Satanás. Ya no se trataba de una figura ambigua, sino de una imagen del Mal, sostenida por la moral puritana y protestante de los Estados Unidos con esa clara distinción entre lo blanco y lo negro, lo profano y lo sagrado.

De todas maneras, resulta interesante la motivación que lleva a esta música a acer­carse al personaje de las encrucijadas. No siempre se trata de un beneficio personal, sino que vuelve a resignificarse el primer semblante de Exú, como quien resuelve las causas urgentes.

El Diablo y Robert Johnson

Se sabe que su historia personal tuvo muchos componentes trágicos. Su joven esposa había muerto durante un parto, y al no poder soportar la situación, Johnson se fue, en 1930, para ir a tocar por la zona del Delta del Mississippi. Tras una desaparición de un año, volvió con una sorprendente capacidad para tocar la guitarra, cantar y componer canciones.

Comenzó a viajar de pueblo en pueblo, tocando por propinas en las calles. Y en torno a 1936, llegó a San Antonio, Texas, para grabar.

Muchos suponen que durante ese año de ausencia, en 1931, Robert Johnson pactó con el diablo para poder destacarse como músico.

Tal como sucedió con Tommy Johnson, se dice que una noche fue con su instru­mento al hombro hasta una encrucijada. Allí un hombre alto, tomó su guitarra, la afinó, tocó un par de canciones y se la devolvió a cambio de su alma.

La leyenda creció y, seguramente, influyó para que varias de sus canciones hagan referencia al diablo.

Como se señaló con anterioridad, Exú era en un principio una deidad que resolvía las causas urgentes. Esto puede obser­varse en Cross Road Blues, en el cual se detalla cómo intercambió su alma con el diablo, a quien se lo trata como una figura salvadora equivalente a Dios: «Asked the Lord above ‘Have mercy, save poor Bob, if you please’» (Le pedí al Señor: «Ten piedad, salva al pobre Bob, por favor»). Hay una clara sumisión ante el demonio que es lo que le permite llevar adelante el pacto.

Es interesante destacar que, en casi todos estos temas hay, aparte de Satanás, otra imagen que se repite: la mujer amada. En los últimos versos, quien canta está solo y no hay ninguna mujer que lo quiera ni que se ocupe de él. Tal vez, pueda sugerirse de este final que no sólo se trata de un pedido de fama y habilidades en la música, sino que le está pidiendo un amor a cambio de su alma.

La imagen del personaje demoníaco se transforma, y en Hellhound on My Trail, queda en evidencia el temor por el Diablo. Hay un deseo de que todos los días fueran vísperas de Navidad, para no sufrir más. Para quien canta ya no queda tiempo para estar con su mujer, porque Satanás está por llevárselo, y él está advertido por la naturaleza. «All I would need my little sweet rider just / to pass the time away» (Todo lo que necesitaría es mi dulce «amazona» sólo para hacer que el tiempo se pase).

Como suele suceder, tras la superación del temor, viene la resignación, y uno de los temas más conocidos de Robert Johnson es Me and the Devil Blues en el cual canta que, en algún momento, vendrá a buscarlo el Diablo para cobrar su deuda. El tono es distinto, pues, ya no aparece la imagen fría del invierno como advenimiento de la muerte, sino que una mañana aparecerá Satanás y, tras saludarse, sabrán que es el tiempo de partir. Incluso, ni siquiera le preocupa su cuerpo después de haber fallecido, pues le dice a su amada: «Baby, I don’t care where you bury my body when I’m dead and gone» (Cariño, no me preocupa dónde entierres mi cuerpo cuando esté muerto). Nada tiene sentido si el camino termina en el Infierno.

El Blues esa música infernal

Lo desconocido, para muchas culturas, suele establecerse como una fuerza maligna, a la cual hay que vencer o, al menos, hay que temerle. Por esta razón, durante décadas, el Blues fue definido como una manifestación del mal. Sin embargo, esta música fue la raíz de muchas otras formas artísticas.

Pero no es el Blues un caso aislado. En general, las imágenes demoníacas llaman más la atención que las imágenes angeli­cales. Tal vez, por ese sabor a prohibido; tal vez, porque resulta más familiar que la perfecta idea del Bien.

De todo lo dicho, y dejando a un lado la mitología, hay una cuestión latente en el tópico de las encrucijadas. Son varios los músicos que abordaron la temática del Diablo, y que describieron cómo se les presentaba y la manera en que pactaban con él. Esto es posible de escuchar en temas como Devil’s Son-In-Law (Peetie Wheatstraw), Preachin’ The Blues (Son House), I’m The Devil (Mississippi Sheiks) o en las historias que músicos como Tommy Johnson narraron sobre las encrucijadas. Cabe preguntarse, entonces, si el camino correcto es el que tomaron quienes eligieron la recta vía de la moral, o si el Bien se alcanza dando todo de uno mismo, incluso, el alma.

Este artículo se publicó en Notas Negras, N.° 4, septiembre-noviembre de 2009


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