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La angustia de ser Dios

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • hace 4 días
  • 9 min de lectura

Hay una fantasía de poder en toda creación literaria. Quien escribe inventa un mundo, establece sus límites y sus leyes, y hace aparecer dentro de él seres que antes no existían. Puede darles un pasado, hacerlos amar, enfermar, perder, traicionar o morir. Desde afuera, nada parece escapar a su voluntad: una frase alcanza para modificar el destino de un personaje y unas pocas palabras pueden terminar con una vida que llevó cientos de páginas construir.

La literatura ha explorado muchas veces esa semejanza entre creación artística y creación divina. El tópico de la imitatio dei aparece cuando el ser humano ocupa el lugar del creador y pretende producir vida, gobernarla o intervenir sobre ella. El Golem, Frankenstein o Niebla desarrollan, con diferencias importantes, una misma inquietud: la criatura adquiere autonomía y la relación con quien le dio existencia deja de ser pacífica. Crear supone ejercer un poder, pero también exponerse a aquello que la creación pueda hacer con ese poder.

Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster, lleva el problema hacia un lugar todavía más incómodo. Mr. Blank se encuentra encerrado en una habitación, rodeado por documentos, fotografías y personajes que parecen saber de él mucho más de lo que él mismo recuerda. Algunos proceden de otras ficciones de Auster y regresan cargados con las consecuencias de las historias que les tocó vivir. El creador queda frente a sus criaturas, pero ya no ocupa cómodamente el lugar de quien controla el relato: ahora tiene que escucharlas y enfrentarse con aquello que hizo con ellas.

La pregunta que surge no es solo qué derecho tiene el autor a decidir el destino de sus personajes. Hay otra, menos evidente y acaso más inquietante: hasta qué punto lo decide. La figura del autor como Dios empieza así a perder su aparente omnipotencia y deja ver la angustia que acompaña a una creación cuyas consecuencias nunca están por completo bajo control.


Crear también es condenar

Toda narración necesita que algo ocurra. Un personaje desea algo y encuentra un obstáculo; pierde a alguien, se equivoca, descubre una verdad o atraviesa una experiencia que modifica aquello que era al comienzo. Sin conflicto, buena parte de las historias que conocemos sencillamente no existirían. La narración necesita acontecimientos y, con frecuencia, esos acontecimientos adoptan para los personajes la forma de una pérdida, una amenaza o un sufrimiento.

Desde el lugar del autor, esto supone una potestad extraordinaria. El sufrimiento de los personajes puede convertirse en material narrativo: una muerte abre una trama, una pérdida transforma una identidad, una traición modifica un vínculo. Aquello que para una persona sería una desgracia puede ser, para la arquitectura de una novela, exactamente lo que la historia necesita.

El gótico vuelve problemática esa potestad porque convierte muchas veces la creación en una relación conflictiva. La criatura no permanece en el lugar que el creador le asignó: adquiere autonomía, se rebela, reclama o devuelve sobre quien la creó las consecuencias de ese acto inicial. El monstruo de Frankenstein no resulta inquietante solo porque exista, sino porque puede mirar a Victor Frankenstein y reclamarle por la existencia que le dio y por las condiciones en las que lo abandonó.

La imitatio dei contiene, por eso, una secuencia que excede el acto de crear. El creador produce una vida, ejerce autoridad sobre ella y descubre después que la criatura puede reclamarle por el uso de ese poder. La creación deja de ser una demostración de omnipotencia y se convierte en una responsabilidad.

En Viajes por el Scriptorium, esa inversión adopta una forma particular. Los personajes que rodean a Mr. Blank cargan con historias de sufrimiento y pueden enfrentarlo con aquello que hizo de sus vidas. El scriptorium deja entonces de ser solamente un espacio de escritura y archivo y adquiere algo de tribunal: las criaturas regresan y el creador tiene que responder ante ellas.

La inversión es profundamente gótica. Ya no es el creador quien persigue a una criatura que escapó de su control, sino que son las criaturas las que rodean al creador y lo obligan a mirar las consecuencias de aquello que produjo. La amenaza ha cambiado de dirección y, con ella, también cambia la posición de quien parecía disponer de todo el poder.


El autor que ya no puede decidir cualquier cosa

La imagen del autor-Dios supone una libertad absoluta que la propia experiencia de escritura pone en cuestión. Quien inventa un personaje podría, en términos materiales, hacer que en la página siguiente abandone a su familia, cometa un crimen o entregue todos sus bienes para retirarse a un monasterio. Basta con escribirlo. Sin embargo, que algo pueda escribirse no significa que pueda ocurrir de manera consistente dentro del mundo que la obra ha construido.

A medida que una ficción avanza, sus propias decisiones empiezan a producir restricciones. Un personaje adquiere una historia, una manera de hablar, ciertos deseos, temores, valores y formas de relacionarse. El mundo establece reglas y la trama construye una causalidad. Lo que al principio estaba abierto empieza a reducir sus posibilidades y cada elección condiciona las que vendrán después.

Por eso, durante la escritura aparece con frecuencia una experiencia paradójica: el personaje «no haría eso». La expresión resulta extraña si pensamos que el autor lo inventó y podría obligarlo a hacer cualquier cosa. Sin embargo, describe con bastante precisión el momento en que la consistencia interna de la ficción empieza a limitar la voluntad de quien escribe.

El creador establece las leyes y después queda sometido a ellas. Puede quebrarlas, pero tendrá que asumir las consecuencias narrativas de esa decisión. Si un personaje actúa de una manera incompatible con todo lo que la novela construyó hasta ese momento, el problema no se resuelve recordando que pertenece al autor. La criatura ya adquirió una forma particular de autonomía, no porque tenga voluntad fuera del texto, sino porque el propio texto restringe aquello que puede resultar verosímil para ella.

Ahí aparece otra dimensión de la angustia de crear. El autor tiene que decidir qué ocurrirá, pero sus decisiones anteriores condicionan cada nueva decisión. Cuanto más sólido es el mundo que construyó, menos absoluta resulta su libertad. La creación, que al comienzo parecía una expansión ilimitada de posibilidades, produce poco a poco las condiciones de su propia restricción.


¿Quién decide?

Esta paradoja permite volver sobre una pregunta que atraviesa la escritura y que Viajes por el Scriptorium lleva al extremo: quién decide verdaderamente lo que ocurre en una ficción. La respuesta más inmediata parece evidente. Decide quien escribe. Sin embargo, la experiencia literaria introduce una zona menos estable entre la voluntad del autor y las exigencias de aquello que ya ha creado.

No hace falta recurrir a la idea romántica de personajes que cobran vida y dictan su historia al escritor. La cuestión puede pensarse de un modo menos misterioso. Cada decisión narrativa modifica el conjunto de decisiones posibles. Si un personaje ha sido construido de determinada manera, si un acontecimiento produjo ciertas consecuencias o si el mundo ficcional estableció determinadas reglas, no todas las continuaciones resultarán igualmente plausibles. El autor sigue eligiendo, pero ya no elige desde un espacio vacío.

La angustia aparece precisamente en esa tensión. Por un lado, el escritor sabe que es responsable de lo que sucede: podría modificar una escena, evitar una muerte, cambiar una decisión. Por otro, puede percibir que hacerlo destruiría algo que la propia obra exige conservar. A veces, aquello que resulta doloroso para el personaje parece inevitable para la historia, y la pregunta sobre quién decide deja de tener una respuesta sencilla.

La figura del autor-Dios adquiere entonces un sentido menos triunfal. No se trata solo del poder de disponer de una vida ficticia, sino de la obligación de elegir entre posibilidades que el propio acto de crear fue restringiendo. La omnipotencia inicial se transforma en una libertad condicionada por el mundo que esa misma libertad produjo.


El creador también puede ser criatura

Auster lleva esta paradoja un paso más lejos. Mr. Blank puede ocupar el lugar del creador frente a los personajes que vienen a reclamarle, pero él mismo está encerrado dentro de una situación que no comprende ni controla. Es observado, recibe instrucciones, depende de información que otros administran y desconoce las reglas completas del mundo en el que se encuentra. El autor-Dios descubre así una posibilidad aterradora: también él puede estar escrito.

La operación aproxima la novela a una tradición en la que la creación se vuelve recursiva. En «Las ruinas circulares», Borges construye una de sus formulaciones más inquietantes: alguien que cree haber creado a otro termina descubriendo que su propia existencia depende del sueño de alguien más. La jerarquía entre creador y criatura deja de ser estable porque siempre puede existir un nivel superior desde el cual aquello que parecía realidad vuelva a revelarse como creación.

En Viajes por el Scriptorium, esa posibilidad transforma el scriptorium en una cárcel particular. Mr. Blank está atrapado entre dos posiciones: debe responder por aquello que hizo como creador, pero no posee el control suficiente para decidir su propio destino. Puede ser responsable y víctima al mismo tiempo, del mismo modo que puede ejercer poder sobre unos personajes mientras permanece sometido a una instancia que lo excede.

La imitatio dei pierde así su dimensión triunfal. Crear ya no significa apropiarse del poder de Dios, sino cargar con la angustia de una posición desde la que hay que decidir sin controlar por completo las consecuencias y sin saber si la propia voluntad ocupa realmente el comienzo de la cadena. La pregunta por quién creó a la criatura conduce, de este modo, hacia otra más incómoda: quién creó al creador y si existe, en algún punto, una voluntad que no dependa de otra.


Corregir un mundo que ya tiene leyes

Esta paradoja tiene una consecuencia especialmente interesante para la corrección literaria. Quien corrige una novela entra en un mundo cuyas reglas no estableció, pero necesita reconocerlas para determinar si se están cumpliendo. No puede decidir qué debería hacer un personaje según sus propias preferencias; tiene que reconstruir qué puede hacer de acuerdo con aquello que el texto construyó.

Cuando un corrector advierte que «este personaje no haría esto», no está reclamando autoridad sobre la obra. Está señalando una posible ruptura entre una decisión narrativa y las condiciones que la propia ficción estableció. Lo mismo ocurre con los espacios, las relaciones causales, las temporalidades o las reglas particulares de un universo ficcional: cada elemento establece condiciones que las decisiones posteriores deberán considerar.

La consistencia funciona, entonces, como una forma de resistencia de la creación frente al creador. Cada decisión produce condiciones para las decisiones siguientes. Un personaje construido durante doscientas páginas no vuelve a ser una hoja en blanco cada vez que el autor abre el documento, sino que lleva consigo todo aquello que el texto ya dijo de él.

El trabajo del corrector literario puede ayudar a hacer visibles esas restricciones. No para impedir que un personaje cambie, porque una historia puede narrar precisamente una transformación profunda, sino para comprobar que existan las condiciones que vuelvan posible ese cambio. La sorpresa no necesita desaparecer, pero tiene que poder integrarse a la lógica de la obra.

Desde este lugar, corregir ficción supone reconocer una autoridad que no pertenece por completo ni al autor ni al corrector. Pertenece también al mundo construido por el texto. Una vez que ese mundo existe, establece condiciones que cualquier intervención deberá considerar y convierte la consistencia en algo más complejo que la simple ausencia de contradicciones.


La condena del creador

La figura del autor como Dios suele poner el acento en la omnipotencia: crear seres, inventar mundos y decidir destinos. El gótico permite mirar el reverso de esa fantasía. Toda creación puede reclamar autonomía y todo poder creador puede convertirse en una responsabilidad de la que resulte imposible salir indemne. La criatura que devuelve la mirada transforma el privilegio de crear en la obligación de responder por aquello que se ha creado.

Viajes por el Scriptorium radicaliza esa inquietud porque coloca al creador frente a sus criaturas y, al mismo tiempo, lo convierte en criatura de una instancia que lo excede. Mr. Blank debe responder por destinos que alguna vez pudo haber decidido mientras descubre que tampoco es dueño por completo del suyo. La angustia nace de esa doble posición: tener poder sobre otros y no saber cuánto poder se tiene sobre uno mismo.

La escritura contiene una versión menos extrema, pero reconocible, de esa paradoja. Al principio, el autor parece disponer de todas las posibilidades. Después escribe una frase, elige un pasado, define un deseo y establece una regla. Cada elección crea el mundo y, al mismo tiempo, reduce aquello que todavía puede elegir. La libertad creadora no desaparece, pero empieza a convivir con las exigencias de aquello que ella misma produjo.

Tal vez allí se encuentre una de las zonas más inquietantes de la imitatio dei. La fantasía no consiste únicamente en crear vida, sino en descubrir que crear produce obligaciones frente a aquello que se ha creado. El autor puede inventar el mundo, pero no conservar intacta su omnipotencia dentro de él. En algún momento, sus criaturas empiezan a devolverle la mirada y la pregunta por lo que hará con ellas se transforma también en una pregunta por su propia libertad: cuánto puede decidir todavía quien alguna vez creyó haberlo decidido todo.

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