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Antes de juzgar un texto

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • 4 ago
  • 4 min de lectura

Actualizado: 4 ago

El viernes participé de un congreso en el que una de las exposiciones estuvo dedicada a la Política Nacional de Linguagem Simples, creada por la Lei nº 15.263, de 14 de novembro de 2025. La norma representa un avance importante para la comunicación pública en América Latina: establece principios, responsabilidades y mecanismos para que los organismos federales brasileños adopten criterios comunes de claridad en sus comunicaciones con la población (se puede consultar la Lei 15.263 aquí: https://www2.camara.leg.br/legin/fed/lei/2025/lei-15263-14-novembro-2025-798293-publicacaooriginal-177011-pl.html)

Escuché la exposición con interés. Hace años trabajo en lenguaje claro y una ley de estas características merece una lectura atenta.

La exposición me incomodó. No por el contenido de la ley, sino por la forma en que se la estaba leyendo. Algunas expresiones se daban por obvias; otras se descartaban como errores o decisiones poco felices del legislador sin preguntarse por qué estaban allí.


Cuando el plural dejó de ser obvio

Uno de los pasajes de la ley establece que no deben utilizarse «novas formas de flexão de gênero e de número das palavras da língua portuguesa» que contradigan las reglas gramaticales consolidadas, el Vocabulário Ortográfico da Língua Portuguesa (VOLP) o el Acuerdo Ortográfico.

El expositor interpretó ese fragmento como una referencia al llamado lenguaje inclusivo. Hasta ahí, nada me llamó la atención. Lo que sí me sorprendió fue el comentario siguiente: sostuvo, con cierta ironía, que la mención al número carecía de sentido y preguntó quién podía tener un problema con el plural.

Me sentí incómoda ante esa manifestación de soberbia, así que, cuando terminó la charla, pedí la palabra. Expliqué que existen lenguas en las que las estrategias de inclusión no se expresan mediante la flexión de género, sino mediante el número. El inglés ofrece el ejemplo más conocido: el uso singular de they surgió de una forma plural.

La referencia conjunta al género y al número dejaba de parecer absurda cuando el análisis salía del portugués y consideraba otras lenguas.


¿Por qué cidadão?

Mientras leía los fragmentos de la ley en las diapositivas del expositor, encontré otra elección que llamó mi atención. A lo largo del texto, aparecía una y otra vez la palabra cidadão. Cuando terminó la ponencia, pregunté por qué la ley utilizaba ese término y no pessoa, que parecía abarcar con mayor precisión a todos los destinatarios de la comunicación pública.

No pudo darme una respuesta porque nunca surgió la pregunta por la carga semántica del término, lo que pone en evidencia que el expositor no tenía en claro el marco jurídico brasileño. En sentido estricto, nacionalidad y ciudadanía no son conceptos equivalentes. La ciudadanía supone el ejercicio de derechos políticos, mientras que la nacionalidad expresa el vínculo jurídico con el Estado. Esa diferencia deja fuera de la categoría de ciudadanos a más de cuarenta millones de personas: entre ellas, los menores de edad, las personas extranjeras residentes que no se han naturalizado y quienes tienen suspendidos sus derechos políticos por una condena firme.

Sin embargo, la propia Política Nacional de Linguagem Simples muestra que su alcance es mucho más amplio. En esta ley, el concepto se usa como término equivalente a ‘ciudadano social’. La ley se refiere a la comunicación de la administración pública con la población, incorpora medidas para facilitar la comprensión de las personas con discapacidad y dispone que, cuando corresponda, las comunicaciones dirigidas a comunidades indígenas se elaboren también en sus propias lenguas.


La falsa sensación de entender

Los dos episodios me dejaron la misma impresión: la formulación del texto se descartó demasiado rápido. Bastó con que pareciera extraña para que dejara de ser objeto de análisis.

Creo que eso ocurre con frecuencia cuando hablamos de lenguaje claro. Como todos usamos la lengua todos los días, tendemos a creer que también comprendemos su funcionamiento. Confundimos el dominio práctico de una lengua con la capacidad de reflexionar sobre ella.

Sin embargo, leer un texto normativo exige mucho más que conocer el significado de las palabras. Exige preguntarse por qué una palabra aparece y no otra, por qué una categoría se menciona junto a otra o por qué el texto adopta una determinada formulación. A veces encontraremos una buena razón. Otras veces no. Pero esa búsqueda debería preceder al juicio.


Lo que aprendí corrigiendo

Mientras pensaba en todo esto, entendí por qué la exposición me había incomodado tanto. La corrección me enseñó una forma de leer. Cuando encuentro una palabra inesperada o una construcción que parece extraña, no parto de la idea de que el autor se equivocó. Hago el ejercicio contrario: supongo que escribió exactamente lo que quiso escribir e intento entender por qué.

No siempre encuentro una explicación. En ocasiones, el texto está mal escrito y ya. Pero aprendí que el orden importa. Primero comprender; después corregir.

Ese hábito termina modificando la forma de leer cualquier texto. Obliga a suspender el juicio durante unos minutos y a aceptar una posibilidad incómoda: que el problema no esté en el texto, sino en nuestra primera interpretación.

Creo que esa forma de leer hace falta también en el lenguaje claro. No porque todos deban convertirse en correctores, sino porque el lenguaje claro trabaja con un objeto engañoso: la lengua. Como todos hablamos, todos sentimos que la conocemos. Y esa familiaridad puede hacernos creer que entendimos un texto mucho antes de haberlo leído con suficiente atención.


Volver al texto

La Política Nacional de Linguagem Simples parte de una idea sencilla: las personas —ciudadanos, en términos amplios— tienen derecho a comprender lo que el Estado les comunica. Esa convicción obliga a escribir mejor.

También nos obliga a leer mejor. Antes de afirmar que una palabra sobra, que una formulación es absurda o que un texto está mal escrito, conviene hacerse una pregunta: ¿por qué alguien decidió escribir exactamente eso?

La corrección me enseñó que ese orden importa. Primero comprender; después corregir. Ojalá esa forma de leer también acompañe las discusiones sobre lenguaje claro. Antes de juzgar un texto hay que concederle la posibilidad de explicarse. Eso también es respeto.

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© 2020 Nuria Gómez Belart 

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