Lo que no sirve para nada
- Nuria Gómez Belart
- 12 ago
- 4 min de lectura

William Stoner llega a la universidad para estudiar agricultura. Sus padres esperan que aprenda técnicas que le permitan mejorar el rendimiento de la granja familiar y regresar con un conocimiento aplicable a una vida que parece decidida de antemano. Hay una relación clara entre estudiar y hacer: adquirir un saber, utilizarlo, producir mejores resultados. Hasta que aparece la literatura.
El encuentro con un soneto de Shakespeare altera ese recorrido. Stoner no obtiene de esos versos una solución práctica ni aprende algo que pueda aplicar en la granja. Ni siquiera comprende de inmediato qué le está ocurriendo. Sin embargo, ese encuentro modifica la dirección de su vida. Descubre una forma de conocimiento cuya importancia no reside en aquello que permite hacer, sino en aquello que permite comprender.
Stoner, de John Williams, puede leerse como una novela sobre la vocación, la universidad, el amor o el fracaso. También plantea una pregunta que atraviesa buena parte de nuestra relación contemporánea con el conocimiento: ¿para qué sirve aquello que no produce un beneficio inmediato?
Entre lo útil y lo necesario
La vida de Stoner transcurre en una sociedad que posee respuestas bastante precisas acerca del éxito. Progresar, ascender, ganar dinero, alcanzar reconocimiento y construir una familia forman parte de un modelo que permite medir una existencia desde afuera. La universidad tampoco queda al margen de esa lógica: tiene jerarquías, disputas de poder y mecanismos de legitimación que determinan quién avanza y quién queda relegado.
Desde esos parámetros, la trayectoria de Stoner resulta modesta. No alcanza una posición académica extraordinaria, publica poco, atraviesa un matrimonio desdichado y mantiene una relación conflictiva con parte de la institución en la que trabaja. Su historia podría resumirse como la de un profesor casi desconocido que pasó su vida enseñando literatura en una universidad del Medio Oeste estadounidense.
Pero la novela pone en duda esa evaluación desde sus primeras páginas. Lo que parece una vida menor desde afuera contiene una experiencia que no puede medirse con los mismos criterios. Stoner ha encontrado algo que necesita.
Ahí aparece una distinción importante entre utilidad y necesidad. Lo útil suele justificarse mediante un resultado externo: sirve para conseguir un trabajo, obtener dinero, resolver un problema o alcanzar una ventaja. Lo necesario no siempre puede explicar su valor de esa manera. Leemos, escuchamos música, contemplamos una pintura o estudiamos una lengua antigua sin que esas actividades tengan que producir un rendimiento inmediato para adquirir importancia.
La literatura no le ofrece a Stoner una vida sin dolor. No mejora su matrimonio, no evita los conflictos universitarios y tampoco lo convierte en una figura reconocida. Su vocación no funciona como una recompensa por haber tomado la decisión correcta.
Hace algo distinto: le permite construir un lugar desde el cual vivir aquello que le ocurre.
Los libros dejan entonces de ser objetos y se convierten en una forma de relación con el mundo. La literatura le permite reconocer deseos que antes no podía formular, establecer vínculos con otras personas y descubrir una intensidad que contrasta con la sobriedad de su vida cotidiana. También le proporciona una comunidad: Slone, sus estudiantes, sus colegas y Catherine pertenecen, de distintas maneras, al mundo que se abre a partir de aquella primera experiencia de lectura.
Una vida que no entra en las métricas
Uno de los conflictos más interesantes de Stoner surge de la distancia entre la experiencia del protagonista y las formas disponibles para medirla. Si utilizamos indicadores convencionales, su balance no parece demasiado favorable. Si cambiamos la pregunta y dejamos de pensar cuánto consiguió para preguntarnos qué eligió, la novela empieza a contar otra historia.
Stoner rompe con el destino previsto por sus padres. Decide quedarse en la universidad, dedicarse a la literatura y aceptar las consecuencias de esa elección. No siempre se enfrenta a quienes intentan perjudicarlo y muchas veces su manera de atravesar los conflictos puede parecer pasiva. Sin embargo, existe una continuidad profunda entre el joven desconcertado frente a Shakespeare y el hombre que, al final de su vida, vuelve a encontrarse con un libro entre las manos.
Esa continuidad permite pensar la vocación de una manera menos romántica. Encontrar aquello que uno quiere hacer no garantiza el éxito. Tampoco protege del fracaso ni convierte la vida en una sucesión de decisiones acertadas. La vocación ofrece otra cosa: un criterio propio desde el cual decidir qué merece ser sostenido.
La enseñanza ocupa un lugar central en esa construcción. Stoner intenta transmitir a sus estudiantes aquello que alguna vez experimentó frente a un poema, aunque sabe que no puede provocar esa experiencia a voluntad. Su maestro, Archer Sloane, tampoco le había enseñado a amar la literatura. Había creado las condiciones para que ese encuentro ocurriera y, después, había reconocido algo que Stoner todavía no sabía nombrar.
Hay allí una concepción del conocimiento difícil de reducir a resultados cuantificables. No todo aprendizaje puede medirse por su aplicación inmediata. Algunas lecturas modifican nuestra manera de interpretar una experiencia muchos años después. Otras nos proporcionan palabras para algo que todavía no sabemos que necesitaremos decir. El efecto puede ser profundo aunque resulte difícil señalarlo en una planilla.
La novela lleva esa dificultad hasta la propia vida de su protagonista. ¿Fue Stoner exitoso? La pregunta empieza a resultar insuficiente. Éxito y fracaso funcionan bien cuando existe una meta compartida contra la cual comparar resultados. Funcionan bastante peor cuando intentamos evaluar una existencia.
La medida de una vida
Tal vez por eso Stoner conmueve sin necesitar grandes hazañas. Su protagonista no cambia el curso de la historia, no funda una escuela intelectual ni alcanza una fama que sobreviva a su muerte. Sus batallas pertenecen a otra escala, una que rara vez queda registrada en los anales.
La literatura tampoco lo salva. Pretender que lo hiciera significaría volver a exigirle una utilidad. Los libros no reparan todo aquello que salió mal ni convierten sus pérdidas en triunfos. Le ofrecen, en cambio, una manera de reconocerse dentro de la vida que eligió.
En una cultura acostumbrada a preguntar para qué sirve estudiar, leer o dedicar tiempo a aquello que no produce resultados visibles, Stoner ensaya una respuesta incómoda. Hay conocimientos cuyo valor no puede expresarse como rendimiento porque intervienen en un lugar anterior: modifican a la persona que después tendrá que decidir qué hacer con su vida.
Quizás algunas cosas no necesiten servir para nada. Necesitamos que existan porque, a veces, gracias a ellas podemos descubrir qué vida queremos vivir.



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