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Papushkas, mi propio Kadish

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • hace 5 horas
  • 4 Min. de lectura

En la tradición del kadish no se nombra la muerte, sino que se exalta la vida y se afirma la continuidad: que el recuerdo no sea solo duelo, sino también presencia compartida. Desde esa lógica, “Papushkas, mi propio kadish”, con dramaturgia de Melisa Freund y dirección de Freund junto a Analía Mayta, se construye como una elegía escénica que no se repliega en la ausencia, sino que la vuelve materia viva.

La obra propone un dispositivo tan simple como potente: una actriz que se interpreta a sí misma convoca a un actor para que encarne a su padre muerto. Ese padre no es solo una figura íntima, sino también un sobreviviente de la persecución nazi, un hombre que rehizo su identidad y que encontró en el teatro un territorio propio. La escena se arma entonces como una serie de capas: una hija que recuerda, un actor que representa, una obra dentro de la obra escrita por ese padre, fragmentos que se encastran como muñecas rusas. La ficción y la realidad no se confunden, sino que se necesitan.

En ese entramado, el trabajo de Alfredo Sánchez no solo suma, sino que resulta determinante para el tono de la obra. No se trata de una composición que busque imponerse, sino de una presencia que se ofrece con una notable conciencia de su lugar. Sánchez encarna al padre desde una sobriedad que evita cualquier exceso, y en esa elección aparece una de sus mayores virtudes: construir sin invadir. Su actuación se apoya en una economía de recursos que, lejos de empobrecer, intensifica cada intervención.

Hay en su trabajo una escucha constante. Cada vez que entra en escena, no irrumpe, sino que se integra a un flujo que ya está en marcha. Su vínculo previo con el padre real, y el hecho de haberlo interpretado en otra etapa de su vida, le permiten trabajar desde un registro que no necesita subrayarse. No hay voluntad de reconstrucción exacta ni de homenaje enfático. Lo que aparece es una forma de presencia que sostiene, que acompaña, que deja espacio.

Esa cualidad se percibe especialmente en los momentos compartidos con Melisa Freund. La dinámica entre ambos no se organiza en términos de protagonismo, sino de relación. Sánchez parece moverse en un borde preciso: está, pero no ocupa; construye, pero no dirige la escena. Su cuerpo funciona como un anclaje que permite que la evocación no se disuelva. En algunos pasajes, incluso, su sola presencia alcanza para instalar una emoción que no necesita ser explicitada.

Su trabajo también pone en juego una dimensión temporal. El hecho de haber encarnado al padre en su juventud y ahora hacerlo en su madurez no es un dato externo: se percibe en la manera en que habita el personaje. Hay una continuidad que no se declara, pero que se siente. Su cuerpo parece contener capas, como si en cada gesto convivieran distintas edades, distintas versiones. Esa superposición aporta una profundidad silenciosa que enriquece la experiencia.

La puesta elige una estética contenida. Los objetos suspendidos, la paleta de tonos neutros, los cambios de luz y de espacio construyen un entorno que se transforma sin imponerse. Cada elemento aparece cuando es necesario y se retira con la misma discreción. En ese gesto, la escena se vuelve un espacio donde lo importante no es la acumulación, sino el recorrido.

Ese recorrido tiene algo de inventario afectivo. A medida que la obra avanza, la actriz va recuperando fragmentos de la vida de su padre: historias, gestos, recuerdos, huellas. Cada escena parece abrir un pequeño núcleo donde se condensan emociones distintas —ternura, humor, dolor, admiración— que no se ordenan jerárquicamente, sino que conviven. Al mismo tiempo, esos fragmentos comienzan a guardarse. Los objetos que antes estaban disponibles se recogen, se ordenan, como si cada uno formara parte de una valija que se va cerrando de a poco. No hay apuro en ese gesto, pero sí una conciencia del tiempo que se acorta.

La obra no dramatiza la pérdida de manera directa. Prefiere rodearla, acercarse desde distintos ángulos, permitir que aparezca en los pliegues de la escena. La relación entre padre e hija se construye desde la amorosidad, sin idealizaciones, pero con una admiración que atraviesa todo el dispositivo. El padre aparece como una figura compleja, marcada por la historia, pero también como alguien que dejó en su hija una forma de habitar el mundo y el teatro.

El recurso del teatro dentro del teatro no funciona como artificio, sino como forma de acceso. Representar las escenas que el propio padre escribió sobre su vida implica no solo recordarlo, sino volver a poner en circulación su palabra. En ese gesto, la obra se vuelve también un acto de transmisión.

La presencia del público completa ese movimiento. Recordar, en este contexto, no es un acto solitario. Es una forma de compartir, de ofrecer esos fragmentos para que otros puedan alojarlos. La obra construye así una experiencia que no se limita a la contemplación, sino que habilita una participación afectiva.

La dirección acompaña ese tono con una precisión que evita cualquier exceso. No hay subrayados, no hay necesidad de explicar lo que ya está en escena. La obra confía en su propio ritmo y en la capacidad de sostener una emoción sin saturarla.

Al final, lo que queda no es solo la historia de un padre y una hija, sino la experiencia de haber atravesado un gesto de despedida que no clausura, sino que transforma. La elegía no aparece como lamento, sino como una forma de cuidado: ordenar, recordar, compartir, guardar.

Y en ese gesto final, cuando los objetos encuentran su lugar y el recorrido parece cerrarse, vuelve a resonar aquello con lo que la obra se abre: la idea de una memoria que no se limita a lo perdido, sino que insiste en lo que permanece. Porque, como en el kadish, la despedida no es solo ausencia, sino también una forma de sostener la vida en la memoria, de sostener la vida.


Ficha técnico-artística

Dramaturgia: Melisa FreundDirección: Melisa Freund, Analía Mayta

Intérpretes: Melisa Freund, Alfredo Sánchez

Diseño escenográfico: Lola GulloAdaptación escenográfica: Pablo Graziano

Diseño de vestuario: Ana Julia Figueroa

Iluminación: Ricardo SicaAdaptación de iluminación: Demian Ledesma Becerra

Producción musical y operación técnica: Sebastián De Marco

Diseño gráfico: María ForniFotografía: Nacho LunadeiMaquillaje y peinado en fotografía: Mila Giorgetti

Producción ejecutiva: Carla Fontao

Agradecimientos: Guillermo Freund y familia

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© 2020 Nuria Gómez Belart 

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