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Alacrán o la ceremonia


Parafraseando la rumba, tienen sus quejidos un lamento que, por donde cante, va diciendo que es del Sur. Le gusta la juerga y el gazpacho, y, de vez en cuando, se emborracha. Es bohemio, poeta y está algo majareta. Así es Alacrán, un personaje maravilloso, de esos que fascinan con su tonada y sus historias. En la obra que protagoniza, relata con tono elegíaco los hechos que cambiaron el rumbo de su vida: el momento en que conoció a La Cangrejo, una bailaora que lo sedujo mientras se arremangaba la falda con sus cuatro dedos pintados.

La Cangrejo tenía un amor, Paquito el Santo, el mago, un personaje cuyo sentido de justicia era exagerado. Entre estos personajes se forma una suerte de triángulo amoroso destinado a la tragedia.

Alacrán o la ceremonia, dirigida por Román Podolsky, semeja un cante por bulería, con un compás propio que se lleva en las venas. Alacrán, en la piel de José Antonio Lucía, hipnotiza al público en una suerte de ceremonia amarga, donde las heridas quedan expuestas y lo único que suaviza las cicatrices son las fábulas, el perdón y el vino tinto.

Cuando la historia llega a su final, a Alacrán, expuesto ya en toda su intimidad, solo le resta ponerse su máscara, salir al ruedo y asumirse como un triste payaso que, en medio de la noche, se pierde en la penumbra, como canta Javier Solís, con la careta de alegría y el alma rota.

Ficha de la obra Idea: José Antonio Lucía Dramaturgia: José Antonio Lucía Actúan: José Antonio Lucía Prensa: Marisol Cambre Producción: Murática Teatro, Sandra Commisso Dirección: Román Podolsky TIMBRE 4 - México 3554

Esta reseña se publicó el 29 de mayo de 2016 en La Cazuela


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© 2020 Nuria Gómez Belart