La memoria de las palabras
- Nuria Gómez Belart
- hace 2 días
- 9 min de lectura

Hay libros que cuentan una historia y otros que utilizan esa historia para obligarnos a mirar de otro modo una parte de la realidad. El diccionario de las palabras olvidadas, de Pip Williams, pertenece a este segundo grupo. Ambientada durante la elaboración del Oxford English Dictionary, la novela sigue el crecimiento de Esme Nicoll, hija de uno de los filólogos que participan en ese proyecto monumental. Sin embargo, el verdadero centro de la obra no es el célebre diccionario, sino las preguntas que surgen a partir de él.
Resulta difícil clasificar la novela dentro de un único género. Es, al mismo tiempo, una novela histórica, una novela de formación y una reflexión ensayística sobre el lenguaje. La ficción organiza el relato, pero cada episodio abre interrogantes que trascienden la experiencia de sus personajes y alcanzan problemas mucho más amplios relacionados con la memoria, la cultura y la construcción del conocimiento.
Todo comienza cuando Esme descubre que algunas palabras nunca llegan a formar parte del diccionario. No son errores ni invenciones, sino términos utilizados por personas reales que, por distintos motivos, quedan fuera del proceso de registro. Ese hallazgo, aparentemente menor, modifica por completo la perspectiva desde la que observamos la lengua. La pregunta deja de ser cómo se construye un diccionario para convertirse en otra mucho más inquietante: ¿qué ocurre con aquello que el diccionario no registra?
La respuesta no es sencilla. Una palabra puede permanecer fuera de una obra lexicográfica por razones metodológicas perfectamente justificadas. Ningún diccionario puede aspirar a contener la totalidad de una lengua, que cambia constantemente, incorpora usos nuevos y abandona otros. Sin embargo, la novela invita a mirar ese límite desde otro lugar. Si las palabras constituyen una forma de preservar la experiencia humana, ¿qué sucede cuando determinadas maneras de nombrar el mundo no encuentran un lugar dentro de la memoria institucional?
Esa es la pregunta que atraviesa toda la obra de Pip Williams y que convierte a El diccionario de las palabras olvidadas en mucho más que una novela sobre la historia de la lexicografía. El diccionario aparece aquí como una metáfora de todos los archivos que una cultura construye para recordarse a sí misma. A partir de esa imagen, la novela dialoga con algunos de los grandes problemas de la filosofía del lenguaje, la sociología y la teoría de la memoria: la legitimidad de las palabras, los mecanismos de clasificación y las formas, siempre incompletas, mediante las cuales una comunidad decide qué conservar y qué dejar fuera de su relato sobre el mundo.
El diccionario como construcción cultural
Uno de los mayores aciertos de El diccionario de las palabras olvidadas consiste en cuestionar una idea tan arraigada que rara vez nos detenemos a examinarla: la de que los diccionarios simplemente reflejan la lengua. Acudimos a ellos para conocer el significado de una palabra o resolver una duda y, precisamente por la autoridad que les atribuimos, terminamos imaginándolos como un espejo del idioma. La novela de Pip Williams invita a abandonar esa imagen para pensar el diccionario desde otra perspectiva: no como un reflejo, sino como una construcción cultural.
Toda obra lexicográfica es el resultado de una enorme tarea de documentación, análisis y selección. Cada entrada responde a criterios cuidadosamente definidos y a un trabajo intelectual de gran complejidad. Sin embargo, precisamente porque se trata de una construcción humana, ningún diccionario puede desprenderse por completo del contexto histórico y cultural en el que fue concebido. Cada edición registra el estado de una lengua en un momento determinado, pero también refleja las preguntas, los intereses y los límites de su tiempo.
La novela sitúa ese proceso en el centro de la escena. El scriptorium donde se prepara el Oxford English Dictionary deja de ser un escenario para convertirse en un laboratorio donde las palabras son reunidas, comparadas, clasificadas y, finalmente, aceptadas o descartadas. Williams corre el velo sobre un trabajo que normalmente permanece invisible y nos recuerda que el diccionario no nace terminado: es el resultado de innumerables decisiones acumuladas.
La consecuencia de ese descubrimiento resulta decisiva. Ningún diccionario puede confundirse con la totalidad de una lengua. Las lenguas cambian constantemente, incorporan palabras, transforman significados y generan usos que ningún repertorio alcanza a registrar por completo. Todo diccionario constituye, necesariamente, un recorte.
Esa distinción modifica la pregunta inicial. Las palabras no existen porque aparezcan en un diccionario; aparecen en un diccionario porque existen en la vida de los hablantes. El verdadero problema ya no consiste en explicar por qué una palabra quedó fuera de una obra lexicográfica, sino en comprender cómo se construye ese recorte y qué factores intervienen en él. Es allí donde la reflexión de Williams abandona el terreno de la lexicografía para internarse en una cuestión mucho más amplia: la relación entre lengua, sociedad y memoria.
La legitimidad de las palabras
Si el diccionario constituye una representación de la lengua y no la lengua misma, la pregunta inevitable es cómo se construye esa representación. La novela de Pip Williams sugiere que entre el uso y el registro existe un recorrido mucho más complejo de lo que solemos imaginar. No todas las palabras encuentran las mismas posibilidades de ser escuchadas ni todas las experiencias alcanzan el mismo grado de visibilidad.
Esme comprende que las palabras que recoge no permanecen fuera del diccionario porque carezcan de significado. Por el contrario, forman parte de la vida cotidiana de quienes las utilizan. Lo que ocurre es que esas voces rara vez llegan a ocupar el centro de los espacios donde se construye la memoria de una lengua. El problema, entonces, deja de ser estrictamente lexicográfico. Ya no consiste en preguntarse qué palabras existen, sino cuáles consiguen ser reconocidas.
Pierre Bourdieu ofrece una clave para comprender ese desplazamiento. Según su propuesta, las palabras no circulan en un espacio neutro, sino dentro de relaciones de legitimidad que otorgan distinto valor a las formas de hablar y, también, a quienes las hablan. La lengua no solo comunica: distribuye reconocimiento. Vista desde esa perspectiva, la novela adquiere una profundidad inesperada. Las palabras descartadas no representan únicamente un vacío en el diccionario; revelan también las dificultades que encuentran determinadas experiencias para convertirse en parte de la memoria compartida.
La novela evita transformar ese fenómeno en una acusación contra los lexicógrafos. El problema no reside en quienes redactan un diccionario, sino en el largo recorrido social que las palabras atraviesan antes de llegar a sus páginas. Algunas encuentran rápidamente reconocimiento; otras permanecen durante años en los márgenes, aunque nombren aspectos centrales de la vida cotidiana. Cuando finalmente ingresan al registro, no solo se incorpora un término. También se reconoce, aunque sea tardíamente, una forma de mirar el mundo.
Quizá por eso el hallazgo de Esme resulta tan perturbador. Al recoger las palabras descartadas, no intenta completar el diccionario. Intenta conservar aquello que corre el riesgo de desaparecer con ellas. Porque las palabras nunca llegan solas. Llegan acompañadas por las personas que las pronunciaron, por las experiencias que las hicieron necesarias y por las historias que solo pueden contarse a través de ellas.
La memoria y sus olvidos
La intuición más poderosa de El diccionario de las palabras olvidadas quizá no tenga que ver con la lexicografía, sino con la memoria. A medida que avanza la novela, las palabras dejan de ser simples unidades del vocabulario para convertirse en huellas de una experiencia compartida. Cada una conserva un oficio, un vínculo, una costumbre o una manera de comprender el mundo. Por eso, cuando una palabra desaparece, rara vez desaparece sola.
Esme comprende esa idea antes de poder formularla. Cada vez que recoge una ficha descartada, no intenta completar el Oxford English Dictionary ni demostrar que sus redactores se equivocan. Intenta conservar aquello que corre el riesgo de perderse con ella. El gesto es profundamente simbólico: rescatar una palabra significa también rescatar la experiencia que esa palabra permitía nombrar.
La novela sugiere, así, que toda memoria implica una elección. Ninguna comunidad puede conservar la totalidad de su experiencia y ningún diccionario puede registrar la totalidad de una lengua. Recordar supone siempre seleccionar, y toda selección deja inevitablemente algo fuera. En ese sentido, el Oxford English Dictionary funciona como mucho más que una obra lexicográfica. Se convierte en la imagen de todos los archivos que una cultura construye para preservarse a sí misma.
Jacques Derrida observó que ningún archivo conserva el pasado de manera completa; todo archivo también produce olvido. La novela de Williams parece desarrollar esa misma intuición desde la ficción. Las palabras que Esme guarda no representan únicamente un vacío en el diccionario. Representan una parte de la memoria colectiva que podría desaparecer sin dejar rastro.
Al terminar este recorrido, la pregunta ya no es qué palabras faltan en un diccionario. La verdadera pregunta es qué parte de una cultura deja de verse cuando desaparecen las palabras que la nombraban.
Nombrar también es ordenar el mundo
A medida que avanza la novela, Esme descubre que el problema no consiste únicamente en que algunas palabras queden fuera del diccionario. Comprende también que ingresar en él significa ocupar un lugar dentro de una determinada forma de organizar la lengua. Cada nueva entrada establece relaciones con otras palabras, fija significados y contribuye a construir una manera de comprender el vocabulario de una comunidad.
Las palabras descartadas permanecen vivas en la conversación cotidiana, pero quedan fuera de ese orden. La novela muestra ese proceso con enorme sutileza: no desaparecen las palabras, sino la posibilidad de que ciertas experiencias encuentren un lugar dentro de la memoria organizada de una cultura. Lo que se pierde no es únicamente un término, sino una forma de nombrar y, con ella, una forma de hacer visible una parte de la realidad.
En este punto, la intuición de Pip Williams dialoga con una idea desarrollada por Michel Foucault: toda clasificación organiza el conocimiento, pero también establece sus límites. Al decidir qué se incorpora, cómo se define y con qué otras palabras se relaciona, el diccionario no solo registra una lengua; también propone una manera de recorrerla e interpretarla.
Por eso el conflicto de la novela nunca termina en el diccionario. Lo que realmente está en juego es la posibilidad de que una comunidad se reconozca en toda la diversidad de las palabras con las que nombra el mundo. Ninguna clasificación puede contener una lengua en su totalidad, pero toda clasificación influye en la memoria que esa comunidad construye sobre sí misma.
La vida de las palabras
A medida que reúne las palabras descartadas, Esme descubre algo que termina modificando por completo su mirada sobre el lenguaje. Ninguna de ellas deja de existir por el hecho de no aparecer en el Oxford English Dictionary. Todas continúan circulando entre quienes las necesitan, nombran objetos, emociones, oficios y formas de vida que siguen formando parte de la experiencia cotidiana. El diccionario puede registrarlas o no, pero su existencia nunca depende de ese reconocimiento.
La novela invierte así una idea profundamente arraigada. Solemos pensar que una palabra adquiere legitimidad cuando ingresa en el diccionario, como si la obra lexicográfica le otorgara una suerte de ciudadanía lingüística. Williams propone exactamente lo contrario: las palabras llegan al diccionario porque antes han encontrado un lugar en la vida de una comunidad. Primero existe el uso; después llega el registro.
Esa intuición encuentra un claro punto de contacto con la filosofía de Ludwig Wittgenstein, para quien el significado de una palabra no reside en una definición aislada, sino en el uso que los hablantes hacen de ella. Las palabras viven porque las personas las utilizan para comprenderse, discutir, trabajar, jugar, amar o recordar. El diccionario no crea ese significado: intenta describirlo.
Por eso Esme comprende que las palabras descartadas no necesitan un diccionario para seguir existiendo. Lo que necesitan es una comunidad que continúe pronunciándolas. Mientras alguien las utilice para nombrar una experiencia compartida, seguirán formando parte de la lengua, aunque nunca lleguen a ocupar una entrada propia.
La novela recuerda, en definitiva, que las lenguas siempre desbordan los libros que intentan describirlas. Cambian con cada generación, incorporan voces nuevas, transforman significados y abandonan otros. Ningún diccionario puede seguir ese movimiento por completo, porque la lengua nunca permanece quieta. Su verdadero lugar no está en las páginas de una obra lexicográfica, sino en la conversación incesante de quienes la mantienen viva.
Las palabras que una cultura decide recordar
El diccionario de las palabras olvidadas comienza con una pregunta aparentemente sencilla: por qué algunas palabras no llegan a formar parte del diccionario. Sin embargo, a medida que avanza la historia, esa pregunta se transforma en otra mucho más amplia. La novela deja de hablar únicamente de lexicografía para reflexionar sobre la memoria, la legitimidad, las formas de clasificar el mundo y la vida cotidiana de las palabras.
El recorrido de Esme permite comprender que un diccionario nunca es la lengua, del mismo modo que un archivo nunca agota la memoria de una comunidad. Toda obra lexicográfica constituye un esfuerzo extraordinario por registrar un patrimonio lingüístico que, por definición, permanece en movimiento. Sus páginas conservan una parte de esa historia, pero no pueden contenerla por completo.
Quizá esa sea la mayor virtud de la novela de Pip Williams. En lugar de cuestionar la existencia de los diccionarios, nos invita a comprender mejor su naturaleza. Lejos de ser depósitos neutrales de palabras, son construcciones culturales que reflejan una época, unos criterios de selección y una determinada manera de organizar el conocimiento. Precisamente por eso resultan tan valiosos: no porque contengan toda la lengua, sino porque permiten observar cómo una comunidad decide recordarla.
Al mismo tiempo, la novela recuerda que la vida de las palabras siempre transcurre fuera de esos límites. Antes de ser registradas, las palabras nacen en las conversaciones, acompañan el trabajo, los afectos, los conflictos y las transformaciones de quienes las pronuncian. Cambian con las personas que las usan y sobreviven mientras esas comunidades continúan encontrando en ellas una forma de nombrar su experiencia.
Tal vez esa sea, en definitiva, la imagen que permanece cuando se cierra el libro. No la de un gran diccionario que aspira a contener todas las palabras, sino la de una niña que decide guardar aquellas que otros han dejado de lado. En ese gesto silencioso se condensa la idea central de la novela: cada palabra conserva una parte de la experiencia humana y, mientras exista alguien dispuesto a pronunciarla, la memoria de una comunidad nunca quedará completamente encerrada entre las páginas de un diccionario.
Referencias bibliográficas
Bourdieu, P. (1985). ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Akal.
Derrida, J. (1997). Mal de archivo. Una impresión freudiana. Trotta.
Foucault, M. (1968). Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI.
Williams, P. (2023). El diccionario de las palabras olvidadas. Salamandra.
Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones filosóficas. Crítica.



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