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Queridísimo Truman

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • 4 oct
  • 4 Min. de lectura

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¿Cómo se convierte alguien en un mito literario? ¿Qué significa cargar con ese título que mezcla admiración y distancia, fascinación y soledad? Ser un mito es trascender los libros y convertirse en personaje: alguien cuya vida, sus gestos y hasta sus sombras son tan comentados como sus obras. Truman Capote, con su genio precoz, su ambición feroz y su capacidad para moverse entre la alta sociedad y el periodismo más incisivo, logró ese lugar único: el escritor que también fue celebridad, el hombre que parecía tenerlo todo y sin embargo permaneció profundamente solo.

Queridísimo Truman, escrita por Gabriel Oliveri y Florencia Bendersky, se atreve a revivir a uno de los escritores más fascinantes y contradictorios del siglo XX. Más que una simple biografía, el espectáculo es un viaje íntimo y musical por la vida de Capote —nacido Truman Streckfus Persons en Nueva Orleans en 1924— y, al mismo tiempo, un espejo donde se reflejan las propias obsesiones y anhelos de su protagonista, Gabriel Oliveri.

El punto de partida es personal y emotivo. Oliveri se presenta como un chico de Entre Ríos que, siendo adolescente, descubre A sangre fría y queda atrapado para siempre por la voz de ese escritor brillante, punzante, capaz de transformar un crimen atroz en un nuevo género narrativo. A partir de esa fascinación juvenil, la obra construye un doble juego: el admirador que se va transformando en el hombre que admira, hasta fundirse con él en escena. La biografía se vuelve confesión, y el homenaje se vuelve también un autorretrato.


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En ese tránsito se despliega la figura compleja de Capote. Hijo de una madre ambiciosa, Lillie Mae Faulk —a quien él rebautizó como Nina y que lo abandonó en su infancia para perseguir una vida más lujosa— y de un padre ausente, Truman vivió una niñez errante marcada por la soledad y por la sensación de no pertenecer. Esa herida de origen nunca lo abandonó y atraviesa tanto su literatura como su vida social: supo ser el centro de las fiestas más exclusivas de Nueva York, rodeado de artistas, aristócratas y millonarias a las que llamaba los cisnes (entre ellas Babe Paley, Slim Keith y Gloria Guinness), pero en el fondo permanecía aislado, necesitado de amor y reconocimiento.

El musical no pasa por alto sus inicios como corrector en la redacción del New Yorker. Ese primer trabajo le permitió acercarse al mundo de las letras y entrenar un oído finísimo para el estilo, pero Capote sabía que no había nacido para corregir las palabras de otros. Su ambición era feroz y lo empujó a escapar de ese escritorio: pronto su talento narrativo brillaría con Otras voces, otros ámbitos (1948), la novela que reveló su capacidad para convertir el dolor en belleza y que también provocó escándalo por su mirada abierta sobre la sexualidad.

La puesta acompaña esa trayectoria con un lenguaje escénico elástico. La dirección de Florencia Bendersky juega con tiempos superpuestos: pasado y presente se funden, y la música funciona como un vehículo emocional que transporta al público sin barreras. Las canciones en vivo cruzan repertorios tan diversos como Gershwin, Gardel, Pet Shop Boys, Lou Reed y hasta cumbia santafesina, y logran dar un pulso íntimo y popular a la vez.


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Oliveri, dueño de una presencia escénica hipnótica, interpreta a Capote sin caricaturizarlo. Su Capote es sagaz, seductor y mordaz, pero también profundamente vulnerable. En escena conviven el hombre que conquistó a Nueva York y el niño abandonado que buscó desesperadamente ser visto. El trabajo de Sergio Grimblat y Cristóbal Barcesat aporta textura dramática y potencia el contrapunto emocional.

Visualmente, Queridísimo Truman es preciso y sofisticado. La escenografía y el diseño de video de Gustavo Acevedo dibujan espacios cambiantes que pasan del mundo íntimo al brillo social sin perder coherencia. El vestuario de Julio Suárez evoca la elegancia y el artificio del jet set, mientras la iluminación de Julio López acompaña los climas internos de un personaje que podía ser luz deslumbrante y sombra oscura en un mismo instante. La música original y el diseño sonoro de Barcesat suman una capa sensorial que refuerza el tono confesional y melancólico.

La dramaturgia acierta al no quedarse en el mito. Hay espacio para los episodios que definieron la vida de Capote: su viaje a Kansas para investigar el asesinato de la familia Clutter, la relación con los dos asesinos que entrevistó durante años y que le dieron materia para A sangre fría (1966), libro que Borges elogió como una revolución literaria por su combinación de periodismo y ficción. También aparece la otra gran obra que marcó su destino: Plegarias atendidas. Allí Capote traicionó la intimidad de sus amigas millonarias —Babe Paley entre ellas— revelando secretos impiadosos. El precio fue la marginación social y una caída sin retorno, acompañada por el alcohol y los tranquilizantes.

Ese itinerario vital es el corazón emocional del espectáculo: un hombre capaz de conquistar todas las miradas, pero incapaz de escapar a la soledad que arrastraba desde niño. Las fiestas, los cisnes, el brillo de Studio 54, la cercanía con estrellas como Marilyn Monroe y políticos influyentes son apenas una coraza frente a un desamparo profundo. Queridísimo Truman no lo oculta; al contrario, hace visible la grieta entre la imagen pública y la vida interior.


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La propuesta consigue un equilibrio delicado: es rendición amorosa y, a la vez, retrato lúcido. Es también una reflexión sobre el deseo de trascender, sobre la ferocidad de la ambición y sobre el costo emocional de perseguir un lugar en el mundo. Oliveri y Bendersky no ofrecen una hagiografía sino una mirada humana, a veces dolida, que permite entender a Capote más allá del mito literario.


Ficha técnico-artística — Queridísimo Truman


Dramaturgia: Gabriel Oliveri y Florencia Bendersky

Dirección: Florencia Bendersky

Elenco: Gabriel Oliveri, Sergio Grimblat, Cristóbal Barcesat


Diseño de escenografía y video: Gustavo Acevedo

Diseño de vestuario: Julio Suárez

Diseño de iluminación: Julio López

Música original y diseño sonoro: Cristóbal Barcesat


Asistencia de dirección: Nicolás Wolcoff

Asistencia de vestuario: Analía Morales


Producción artística: Daniela Cristóbal, Mateo Milione

Producción técnica: Abril Leverone

Coordinación técnica de escenarios: Martín Ferreira, Alejandro Martínez

Talleres de escenografía: Muriel Giménez

Talleres de vestuario: Camila Ferrín, Sofía Davies

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© 2020 Nuria Gómez Belart 

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