La lengua no corrige identidades: Pigmalión y el error de confundir hablar con valer
- Nuria Gómez Belart
- hace 1 día
- 5 min de lectura

Una voz antes que una persona
Pocas obras literarias han mostrado con tanta claridad que el lenguaje no solo comunica, sino que también clasifica. Publicada en 1913, Pigmalión, de George Bernard Shaw, suele recordarse como la historia de una florista que aprende a hablar como una dama de la aristocracia inglesa. Sin embargo, esa lectura deja en un segundo plano el verdadero problema que plantea la obra. Higgins no intenta demostrar que Eliza Doolittle pueda aprender fonética. Lo que busca comprobar es si una sociedad es capaz de confundir una manera de hablar con una identidad.
El propio Shaw anuncia esa preocupación desde el prefacio. Allí sostiene que «es imposible que un inglés abra la boca sin hacerse odiar y despreciar por otro inglés». No se trata de una exageración humorística, sino del diagnóstico de una sociedad que convierte la pronunciación en un criterio de pertenencia. Antes de conocer una biografía, una profesión o una historia personal, basta con escuchar unas pocas palabras para decidir quién merece respeto y quién no.
La primera escena de la obra constituye una demostración magistral de ese mecanismo. Mientras los personajes buscan refugio de la lluvia en el pórtico de la iglesia de San Pablo, todos hablan y solo Higgins escucha. No escucha lo que dicen, sino cómo lo dicen. A partir de unas pocas realizaciones fonéticas reconstruye el origen geográfico, el recorrido social e incluso la historia de quienes tiene delante. Su talento provoca admiración porque parece sobrenatural, pero Shaw deja claro que no hay magia alguna. Lo que Higgins hace es leer un sistema de marcas sociales inscritas en la pronunciación.
En ese contexto, aparece Eliza Doolittle. Antes de que el lector conozca su historia, ya ha sido clasificada. Su modo de hablar basta para que los demás la sitúen en el último escalón de la escala social. Nadie necesita preguntarle quién es. La variedad lingüística ocupa el lugar de la biografía.
Esa sustitución resulta fundamental para comprender la obra. El problema no consiste en que exista una variedad prestigiosa y otra estigmatizada. Todas las comunidades construyen normas de prestigio. Lo verdaderamente inquietante es que esas diferencias lingüísticas se transformen en diferencias humanas. La pronunciación deja de ser una característica del habla para convertirse en un juicio sobre la inteligencia, la educación, la confiabilidad o la dignidad de quien habla.
Por eso Higgins puede afirmar, sin que nadie cuestione seriamente su razonamiento: «esa muchacha, con su lenguaje canallesco y estropeado, [...] no la dejará salir del arroyo en toda su vida». Y agrega la frase que pone en marcha toda la trama: «me comprometería a hacerla pasar por una duquesa».
El verbo elegido no es casual. Higgins no promete educarla, ampliar sus oportunidades ni enseñarle un nuevo registro. Promete hacerla pasar por otra persona. El experimento consiste precisamente en comprobar si basta modificar la superficie lingüística para modificar la posición social.
Cuando corregir significa borrar
La transformación de Eliza suele interpretarse como un ejemplo del poder emancipador de la educación. Sin embargo, Shaw introduce una incomodidad constante: Higgins jamás se interesa por la vida de su alumna. Lo fascina el éxito del experimento, no el destino de la persona que participa en él.
La diferencia aparece desde el comienzo del entrenamiento. Cuando Eliza llega a su casa para contratar clases, explica con sencillez su objetivo: desea mejorar su forma de hablar para conseguir trabajo en una florería elegante. Su aspiración es concreta y razonable. Higgins, en cambio, transforma inmediatamente ese deseo en un proyecto propio. «Haré una duquesa de esa criatura sacada del arroyo», anuncia con entusiasmo.
La frase revela el verdadero centro del conflicto. Higgins se coloca en el lugar del creador. Como el escultor del mito clásico de Pigmalión, pretende modelar una nueva criatura. La diferencia es que aquí la materia no es el mármol, sino el lenguaje.
Esa perspectiva explica también el trato que recibe Eliza durante buena parte de la obra. Su cuerpo, su ropa, sus gestos y su voz aparecen como elementos que deben corregirse para adecuarlos a un modelo previamente definido. Incluso las escenas que suelen leerse en clave humorística conservan un trasfondo inquietante. Higgins ordena que la laven, que quemen su ropa y que la envuelvan «aunque sea en papel de estraza» mientras llegan prendas nuevas. Más que una alumna, Eliza parece convertirse en el objeto de un procedimiento técnico.
El éxito del experimento confirma la hipótesis inicial. Cuando Eliza aprende la pronunciación prestigiosa, la sociedad modifica inmediatamente la manera de tratarla. No porque haya cambiado su inteligencia, sus conocimientos o sus valores, sino porque ha desaparecido el único rasgo que permitía identificarla como integrante de la clase trabajadora. Shaw deja así al descubierto una paradoja incómoda: no cambia la persona; cambia la lectura social que los demás hacen de ella.
Sin embargo, el dramaturgo evita que el relato termine como una celebración del ascenso social. Cuando Higgins considera concluido su trabajo, Eliza descubre que ha perdido el lugar que ocupaba sin haber conquistado otro. Ya no pertenece plenamente al mundo del que proviene, pero tampoco forma parte del universo aristocrático cuya voz aprendió a imitar. La transformación lingüística produce, al mismo tiempo, una fractura identitaria.
Allí reside la crítica más profunda de Shaw. El entrenamiento fonético no fracasa porque sea ineficaz. Fracasa porque supone que modificar la manera de hablar basta para resolver un problema que nunca fue exclusivamente lingüístico. La exclusión social no desaparece cuando una persona aprende la variedad prestigiosa. Lo que cambia es la forma en que los demás interpretan su identidad.
Desde esa perspectiva, Higgins encarna una ilusión que todavía conserva vigencia: la idea de que la corrección puede reemplazar a la comprensión. Basta enseñar la variedad considerada legítima y el conflicto parecería resuelto. La obra demuestra exactamente lo contrario. Una pronunciación impecable no elimina los prejuicios que la hicieron necesaria.
El problema nunca fue la pronunciación
Más de un siglo después de su publicación, Pigmalión sigue interpelando porque obliga a revisar una asociación que continúa profundamente arraigada: la tendencia a confundir la manera de hablar con el valor de quien habla.
Las formas concretas de esa asociación han cambiado. Ya no se discute el prestigio del Received Pronunciation ni se clasifican las personas exactamente como lo hacía Higgins. Sin embargo, persisten otros mecanismos equivalentes. Todavía existen acentos que generan burlas, variedades regionales que despiertan sospechas, modos de hablar que se interpretan como signos de escasa educación o de menor capacidad intelectual. La clasificación sigue funcionando, aunque adopte otros nombres y otros escenarios.
Por eso, Pigmalión no es únicamente una obra sobre fonética. Es una reflexión sobre el modo en que las sociedades convierten diferencias lingüísticas en diferencias humanas. Shaw no cuestiona el aprendizaje de nuevas variedades ni niega el valor del conocimiento lingüístico. Lo que pone en discusión es una operación mucho más profunda: la de creer que corregir una forma de hablar equivale a corregir una persona.
La verdadera enseñanza de la obra consiste, quizá, en invertir la pregunta que guía todo el experimento de Higgins. El desafío no es averiguar cuánto puede cambiar una voz. El desafío es preguntarnos por qué una sociedad necesita escuchar determinada voz para empezar a reconocer plenamente a quien la pronuncia.



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