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La corrección contra la completitud

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • 1 jul
  • 5 min de lectura

Existe una convicción profundamente arraigada en el mundo de la escritura: un buen texto es un texto completo. Debería responder todas las preguntas, anticipar todas las dudas y explicitar cada relación necesaria para que el lector no encuentre obstáculos durante la lectura. Desde esa perspectiva, la corrección se entiende como una práctica destinada a cerrar el texto. Allí donde aparece una ambigüedad, se aclara; donde falta un antecedente, se incorpora; donde el lector debe inferir una relación, se vuelve explícita. La completitud termina convirtiéndose en un criterio casi automático de calidad.

Ese principio resulta indispensable en muchos géneros. Un contrato, una receta médica o un instructivo necesitan reducir al mínimo las interpretaciones posibles porque cualquier inferencia incorrecta puede producir consecuencias concretas. Sin embargo, cuando ese mismo criterio se aplica de manera indiscriminada a toda forma de escritura, aparece un problema menos evidente: se confunden los vacíos que impiden comprender con aquellos que hacen posible la interpretación. La literatura demuestra desde hace siglos que ambas clases de ausencia pertenecen a fenómenos completamente distintos.

La diferencia no es menor para quien corrige. Un texto puede estar incompleto porque omite información indispensable o porque presenta fallas de cohesión. En esos casos, la intervención mejora la comunicación. También puede contener espacios deliberadamente abiertos para que el lector participe en la construcción del sentido. Allí, completar el texto significa modificar su funcionamiento. La dificultad consiste precisamente en distinguir una situación de la otra.

El sentido nunca está completamente escrito

Jorge Luis Borges e Italo Calvino desarrollaron, desde caminos muy diferentes, una misma intuición: ningún texto contiene por sí solo todo su significado. En Pierre Menard, autor del Quijote, Borges imagina a un escritor que se propone redactar nuevamente el Quijote, no mediante la copia, sino produciendo palabra por palabra el mismo texto de Cervantes. El proyecto resulta absurdo solo en apariencia. A medida que avanza el relato, el lector comprende que dos textos verbalmente idénticos pueden significar cosas distintas porque la interpretación depende de la historia, de la cultura y de quien los lee. Como afirma el narrador, Menard «no quería componer otro Quijote —lo cual es fácil— sino el Quijote». La paradoja revela que el sentido nunca permanece fijo, aunque las palabras no cambien.

Calvino desplaza el problema hacia otro lugar. Desde la primera página de Si una noche de invierno un viajero interpela al lector con una invitación que desarma las convenciones narrativas: «Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino». A partir de ese momento, el verdadero protagonista deja de ser un personaje de ficción para convertirse en el propio acto de leer. La novela comienza una historia, la interrumpe y abre otra; promete desenlaces que nunca llegan y multiplica los recorridos posibles hasta convertir la interrupción en el principio organizador de toda la obra.

Lo que podría interpretarse como una estructura defectuosa constituye, en realidad, la estrategia narrativa central. Cada historia inconclusa obliga al lector a formular hipótesis, conservar información, relacionar fragmentos y proyectar finales que el texto nunca ofrece. La novela no está incompleta porque le falte algo. Está construida para que una parte del sentido solo exista durante la lectura. Los vacíos no representan una falla de composición, sino el lugar donde comienza el trabajo interpretativo.

La pragmática explica este fenómeno con claridad. Ningún acto comunicativo transmite toda la información de manera explícita. Los hablantes producen inferencias de forma constante porque comparten conocimientos, expectativas y principios de cooperación. La comprensión no consiste en decodificar únicamente las palabras, sino en reconstruir aquello que el texto presupone, sugiere o deja implícito. La literatura explota deliberadamente esa propiedad del lenguaje. Mientras algunos géneros buscan reducir las inferencias, la ficción suele multiplicarlas, ya que allí reside buena parte de su riqueza estética.

Corregir también implica reconocer los límites de la intervención

Esta distinción adquiere una importancia particular en el trabajo del corrector. Existe una tendencia comprensible a considerar que toda información implícita debería hacerse explícita. El resultado suele ser una cadena de pequeñas intervenciones: se agregan explicaciones, se sustituyen pronombres por sustantivos, se reiteran antecedentes y se desarrollan relaciones que el lector podía reconstruir sin dificultad. Cada modificación parece razonable de manera aislada, pero el efecto acumulativo produce textos cada vez más pesados y menos exigentes desde el punto de vista intelectual.

La completitud absoluta puede convertirse, paradójicamente, en una forma de empobrecimiento. Cuando el texto explica todo, el lector deja de participar en la construcción del sentido. La lectura se transforma en un recorrido completamente guiado, donde las inferencias ya fueron realizadas por quien escribió o por quien corrigió. Desaparece así una de las capacidades más importantes del lenguaje: permitir que el significado emerja de la interacción entre el texto y quien lo interpreta.

Naturalmente, esto no significa que toda omisión sea legítima. Existen vacíos que rompen la cohesión, referencias imposibles de recuperar, progresiones temáticas truncas o presupuestos que el destinatario no puede reconstruir. Esas ausencias sí requieren una intervención porque afectan la comunicación. La dificultad profesional consiste en advertir que no todos los silencios pertenecen a esa categoría. Algunos constituyen errores; otros forman parte del diseño discursivo. Confundirlos conduce a una corrección que mejora la superficie del texto mientras deteriora su funcionamiento.

La diferencia entre ambos casos no puede resolverse únicamente mediante la normativa. Exige comprender el género discursivo, la intención comunicativa, el perfil del destinatario y los mecanismos pragmáticos que organizan la interpretación. El corrector no trabaja únicamente sobre palabras o construcciones sintácticas; trabaja sobre procesos de lectura. Cada decisión modifica el equilibrio entre lo dicho y lo inferido, entre la información disponible y la participación del lector.

Saber qué no corregir

La literatura ofrece una enseñanza que trasciende el ámbito de la ficción. Borges demuestra que un texto nunca permanece idéntico cuando cambia su contexto de lectura. Calvino recuerda que una obra puede construir su sentido precisamente a través de aquello que decide no completar. Ambos cuestionan la idea de que la calidad dependa siempre de alcanzar la máxima explicitud posible.

Quizá la competencia más difícil de un corrector no consista en detectar errores, sino en reconocer cuándo aquello que parece una imperfección constituye una decisión estética o discursiva. Corregir implica intervenir, pero también saber detenerse. No toda ambigüedad debe eliminarse, no toda repetición debe desaparecer y no todo silencio necesita llenarse. La calidad textual no depende únicamente de lo que un texto dice, sino también del espacio que deja para que el lector piense, relacione e interprete.

La completitud constituye un ideal necesario para ciertos géneros y un obstáculo para otros. La tarea del corrector consiste en identificar esa diferencia antes de intervenir. Solo entonces la corrección deja de perseguir un modelo uniforme de perfección y se convierte en una práctica verdaderamente lingüística, capaz de reconocer que algunos textos alcanzan su mayor eficacia precisamente allí donde deciden no decirlo todo.

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