La incomodidad de escribir
- Nuria Gómez Belart
- hace 1 hora
- 4 Min. de lectura

Hay un momento muy reconocible para quienes trabajan con textos. La pantalla en blanco está ahí, abierta, esperando. No falta lectura. Tampoco formación. La persona sabe corregir, sabe detectar problemas de cohesión, de registro, de claridad. Sin embargo, el texto no arranca. Pasan los minutos, se acomodan ideas mentalmente, se revisan notas, se vuelve a leer algún fragmento subrayado. Nada.
No es un problema técnico. No es falta de bibliografía. Es otra cosa.
Lo que cuesta no es escribir bien: lo que cuesta es empezar a pensar por escrito.
Escribir no es corregir
Corregir y escribir pertenecen a universos cercanos, pero no funcionan del mismo modo. Quien corrige trabaja sobre un objeto ya dado. Hay un texto previo que orienta la intervención. Incluso cuando el texto está mal construido o conceptualmente confuso, existe una superficie externa sobre la cual operar. El foco se coloca en los desajustes, las incoherencias, las redundancias o los problemas de adecuación y legibilidad. La mirada se organiza desde afuera y avanza hacia la reparación.
La escritura plantea otra escena. No hay texto previo que ordenar ni errores ajenos que señalar. Aparecen ideas todavía imprecisas, intuiciones que no terminan de tomar forma, preguntas mal formuladas. La dificultad ya no pasa por reconocer fallas en un texto, sino por decidir qué merece ser dicho, desde qué lugar y con qué propósito. Esa decisión expone a quien escribe y exige una toma de posición que no siempre forma parte del entrenamiento técnico.
Por eso muchas personas entrenadas en la lectura crítica se bloquean cuando deben escribir. No porque ignoren cómo hacerlo, sino porque conocen demasiado bien los riesgos del texto. Saben que un argumento puede resultar débil, que una formulación puede sonar imprecisa, que una idea puede no sostenerse. Esa conciencia, tan útil en la corrección, se vuelve un obstáculo en la escritura. La corrección, trasladada sin mediaciones, interrumpe el movimiento del pensamiento.
Leer críticamente supone evaluar un texto desde afuera. Escribir obliga a atravesar una zona de exposición: pensar en voz alta, avanzar con formulaciones incompletas, aceptar momentos de desorden. La escritura no replica un saber ya cerrado; lo construye. Cuando se le exige al pensamiento una forma acabada antes de haberla producido, el texto no arranca.
El error como motor del trabajo
Buena parte de estas dificultades se explica por la carga moral que suele recaer sobre el error. En muchos ámbitos, el error aparece asociado a la falta, al déficit o a la incompetencia. Desde esa lógica, equivocarse se vive como algo que conviene evitar. El problema es que esa expectativa no dialoga con ningún proceso real de producción.
No existe trabajo intelectual sin error. Ningún texto surge completo. Todos atraviesan etapas de tanteo, reformulación y descarte. Incluso los textos más pulidos esconden una historia de versiones fallidas que rara vez se ve. Cuando el error se interpreta como un desliz imperdonable, la escritura queda atrapada en la inhibición.
En la práctica de la corrección esta tensión se vuelve visible. Quien corrige desarrolla una gran sensibilidad para detectar fallas. Sin embargo, al escribir, esa misma sensibilidad suele volverse contra sí. El error propio pesa más que el ajeno. Aparece la autoexigencia y con ella la sensación de no estar nunca a la altura del ideal de corrección.
Pensar el error como parte constitutiva del trabajo desplaza la discusión del plano moral al plano productivo. El error señala límites, muestra zonas borrosas, obliga a reformular. En la escritura, revela qué ideas todavía no están claras y empuja a ordenarlas. Sin error no hay revisión; sin revisión no hay texto.
Cuando esta lógica se incorpora, la relación con la escritura cambia. El primer borrador deja de ser una instancia vergonzante y pasa a funcionar como material de trabajo. La escritura se vuelve proceso y no examen. Desde ahí, corregir y escribir ya no compiten: cada práctica encuentra su momento.
Escribir con riesgo, escribir con sentido
Cuando se admite que escribir no equivale a corregir y que el error forma parte del recorrido, la escritura recupera su dimensión más interesante: la posibilidad de pensar. No se escribe para exhibir un saber terminado, sino para ordenar intuiciones, ensayar hipótesis o sostener una posición. Ese gesto siempre implica riesgo. Supone elegir qué decir y qué dejar afuera, aun sabiendo que la formulación será imperfecta.
En los textos breves esta exigencia se intensifica. No hay espacio para rodeos ni para apoyarse en acumulaciones bibliográficas. El texto pide foco, recorte y una idea que articule el conjunto. Esa claridad no siempre antecede a la escritura; muchas veces se construye mientras el texto avanza.
Cuando el error deja de funcionar como amenaza, ese movimiento se vuelve posible. La escritura se instala como práctica, no como prueba. Desde ahí, el texto deja de ser una promesa de perfección y pasa a ser una forma de trabajo.
Escribir no es corregir, y por eso cuesta. Pero también por eso vale la pena. Porque allí donde la corrección ajusta, la escritura produce. Y producir implica equivocarse, avanzar, retroceder y volver a intentar. En ese recorrido, lejos de perder autoridad, el pensamiento gana espesor.



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