Cuando no conviene corregir. El borrador como etapa necesaria de la escritura profesional
- Nuria Gómez Belart
- 27 ene
- 5 Min. de lectura

En la práctica profesional de la escritura, tanto académica como institucional, uno de los factores que con mayor frecuencia interfiere en la producción de un primer borrador es la tendencia a intervenir prematuramente sobre la forma. La corrección ortográfica inmediata, la reformulación constante de frases o la búsqueda insistente de la palabra exacta, cuando aún no se ha estabilizado el contenido global del texto, generan un enlentecimiento del proceso y una fragmentación de la atención que impacta de manera directa en la coherencia del escrito. Esta conducta, habitual incluso en personas con alta competencia lingüística, responde menos a una exigencia técnica que a una concepción errónea del proceso de escritura, entendido como una sucesión lineal de decisiones cerradas desde el inicio.
La escritura profesional no se construye en un solo movimiento ni exige perfección en todas sus etapas. Por el contrario, se apoya en una dinámica de avances provisionales, reformulaciones posteriores y ajustes progresivos que solo resultan posibles cuando se acepta que el primer borrador cumple una función distinta de la versión final. Existe un momento para pulir la escritura, pero ese momento no coincide con la instancia inicial de producción. Confundir estas fases conduce, en muchos casos, a textos que avanzan con dificultad, se interrumpen antes de completarse o quedan atrapados en un estado permanente de revisión parcial.
Desde una perspectiva procesual, el primer borrador debe entenderse como un espacio de descarga conceptual. Su objetivo no es exhibir corrección formal ni precisión terminológica, sino permitir que las ideas emerjan, se organicen de manera preliminar y configuren un recorrido discursivo reconocible. En esta etapa, la atención se orienta al contenido, a la intención comunicativa y al hilo argumental general, sin exigir todavía estabilidad sintáctica ni uniformidad estilística. La exigencia de perfección temprana introduce una tensión improductiva entre forma y sentido, ya que obliga a tomar decisiones locales sin contar aún con una visión global del texto.
El primer borrador como instancia de producción de sentido
Cuando se concibe el borrador inicial como una conversación diferida con la persona que leerá el texto, el foco se desplaza del control formal a la construcción del mensaje. Pensar qué se diría en una interacción oral, qué ideas resultan necesarias y en qué orden conviene presentarlas, facilita la producción continua y reduce los bloqueos asociados a la autocorrección excesiva. En este punto, el modo de registro resulta secundario: anotar, dictar, escribir de un tirón o registrar ideas de manera fragmentaria son estrategias igualmente válidas, en la medida en que permitan capturar la esencia del contenido.
Lo relevante, en esta fase, es lograr que el texto exista. Un borrador incompleto, pero continuo, ofrece una base de trabajo concreta sobre la cual intervenir más adelante. En cambio, una sucesión de párrafos aislados, corregidos hasta el detalle, pero sin articulación global, dificulta la evaluación del sentido y del recorrido argumental. La escritura avanza cuando se prioriza la progresión del discurso por sobre la corrección inmediata de cada segmento.
Desde el punto de vista cognitivo, esta estrategia reduce la carga de procesamiento simultáneo. Separar la generación de ideas de la revisión formal permite concentrar la atención en una tarea a la vez. Cuando ambas operaciones se superponen, la escritura se vuelve más lenta y menos eficiente, ya que cada ajuste local interrumpe el flujo de pensamiento y obliga a retomar constantemente el hilo conceptual. En cambio, cuando se posterga la corrección, el texto se desarrolla con mayor fluidez y alcanza antes una forma completa.
El valor del borrador completo y la edición posterior
Una vez que el primer borrador está íntegramente producido, se habilita una instancia distinta de trabajo. Contar con el texto completo permite adoptar una perspectiva panorámica, desde la cual se pueden detectar repeticiones, desajustes de foco, redundancias conceptuales o problemas de jerarquización informativa. En esta etapa, la edición deja de ser un ejercicio fragmentario y se transforma en una intervención estratégica sobre la estructura del discurso.
Ver el texto en su totalidad facilita decisiones que no serían posibles durante la escritura inicial. Mover bloques, eliminar desarrollos innecesarios o redefinir el eje argumental implica desprenderse de formulaciones concretas en favor de la coherencia global. Este desprendimiento resulta mucho más sencillo cuando esas formulaciones no han sido trabajadas hasta el mínimo detalle. El apego excesivo a frases “bien escritas” puede obstaculizar la reorganización del texto y generar resistencias a cambios que, desde el punto de vista comunicativo, resultan necesarios.
Además, completar un primer borrador produce un efecto motivacional significativo. La percepción de avance concreto, al tener un texto que ya existe, aunque sea perfectible, refuerza la disposición a revisarlo y mejorarlo. La sensación de estar cerca del cierre del proceso favorece la continuidad del trabajo y reduce la fatiga asociada a la escritura prolongada. Desde esta perspectiva, la rapidez inicial no implica descuido, sino una estrategia para sostener el impulso productivo.
La etapa de pulido, cuando se aborda sobre un texto completo, adquiere así un sentido preciso. Es el momento de ajustar el léxico, simplificar estructuras, revisar la sintaxis y asegurar la claridad del mensaje. La corrección deja de ser una interferencia y pasa a cumplir su función propia: mejorar la legibilidad y la eficacia comunicativa del texto ya construido.
Un ejemplo de transformación discursiva
La diferencia entre escribir y pulir se observa con claridad en los procesos de reescritura orientados a la claridad. Un ejemplo elocuente es la transformación de una formulación administrativa compleja en una versión más accesible y directa. En el primer borrador, se proponía “promover ante el órgano de gobierno que se detengan los desarrollos fuera de secuencia y la expansión urbana cuando no se proveen los requisitos de infraestructura identificados en la Estrategia de Desarrollo Futuro”. La acumulación de nominalizaciones, la referencia abstracta al agente y la densidad informativa concentrada en una sola oración dificultaban la comprensión del mensaje.
En la versión pulida, la formulación se reformuló como “pedir al órgano de gobierno que detenga los desarrollos urbanos en zonas que no cuentan con las instalaciones y los servicios necesarios para sostenerlos”. La reescritura reorganiza la información, explicita el agente, simplifica el léxico y redistribuye el contenido de manera más directa. Este tipo de transformación no habría sido posible sin una etapa previa de producción, seguida de una instancia consciente de revisión orientada a la claridad.
Este ejemplo muestra que la mejora del texto no surge de una corrección inmediata, sino de la posibilidad de tomar distancia, evaluar el sentido global y reformular en función del destinatario. La calidad final del escrito depende, en gran medida, de haber respetado los tiempos del proceso y de no haber exigido al borrador inicial una perfección que no le corresponde.
Consideraciones finales
Separar la escritura del borrador de la etapa de pulido no constituye una concesión metodológica, sino una decisión técnica fundada en el funcionamiento mismo del proceso de escritura. Permitir que el texto se desarrolle sin interferencias formales iniciales favorece la coherencia, la fluidez y la eficiencia del trabajo. La revisión posterior, cuando se realiza sobre un borrador completo, resulta más precisa, más estratégica y más productiva.
Asumir que no todo debe resolverse en el primer intento habilita una relación más funcional con la escritura y reduce la ansiedad asociada a la producción textual. En la práctica profesional, comprender esta dinámica no solo mejora los textos, sino que también optimiza los tiempos y la calidad de las decisiones discursivas. La escritura avanza cuando se acepta que cada etapa tiene su función y que el detalle encuentra su lugar cuando el sentido ya está en pie.



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