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Una deuda pendiente en las instituciones de salud

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • hace 4 minutos
  • 4 Min. de lectura

En las instituciones de salud, la comunicación escrita forma parte del proceso asistencial, aunque pocas veces se la piense de ese modo. Formularios, indicaciones, consentimientos, avisos operativos y materiales informativos circulan a diario entre pacientes, familiares y equipos profesionales. Sin embargo, muchos de estos textos no funcionan como sistemas organizados de información: funcionan como acumulaciones.

No falta contenido. Falta estructura.

Desde una perspectiva macrosintáctica, el problema aparece con claridad. Hay frases correctas, terminología precisa y advertencias pertinentes, pero no hay arquitectura textual. Los temas no progresan, la temporalidad se desarma, las acciones no siguen un orden lógico y el lector queda obligado a reconstruir por su cuenta qué debe hacer, cuándo y en qué secuencia.

En el ámbito de la salud, este desorden no es neutro. Una indicación ambigua puede generar demoras. Una contradicción temporal puede invalidar una preparación. Una omisión puede aumentar la angustia o producir errores evitables. Aunque no se la perciba como tarea clínica, la comunicación escrita incide directamente en la experiencia de atención y en la seguridad del proceso.


Muchas manos en un plato hacen mucho garabato

La escritura institucional en salud rara vez tiene una autoría única. Intervienen profesionales médicos, áreas administrativas, sistemas, legales y comunicación. Cada actor aporta desde su campo: alguien agrega un requisito, otra persona suma una advertencia, un área incorpora un enlace, otra pega un fragmento de un documento previo. El texto crece por superposición, no por diseño.

Así se construyen comunicaciones que responden más al circuito interno de la organización que al recorrido real del paciente.

Este modo de composición colectiva produce un efecto característico: el documento pierde centro. La información aparece desordenada, los temas se mezclan y la lógica de lectura se vuelve errática. En un instructivo, por ejemplo, puede suceder que la preparación quede después del horario de llegada; que los consentimientos aparezcan al final cuando deberían resolverse antes; que la dieta se mezcle con requisitos administrativos; que los títulos no anticipen lo que desarrollan los párrafos; que se alternen formas de tratamiento sin criterio; que emerjan tecnicismos sin mediación, como si el destinatario fuera otro profesional de la salud y no una persona que llega con preocupación o dolor.

Pero el fenómeno no se limita a ese tipo textual. Lo mismo ocurre en formularios, comunicaciones por correo, avisos en portales web o documentos de externación. El problema no está en el género: está en la ausencia de una mirada textual global.

A esto se suma una práctica extendida: copiar y pegar sin contextualizar. Se reutilizan bloques completos de información sin revisar su pertinencia, su adecuación al público ni su encaje dentro del nuevo documento. El texto pierde anclaje situacional y se transforma en un collage de fragmentos técnicamente correctos pero discursivamente inconexos.

El resultado es un material que exige un esfuerzo cognitivo innecesario. El lector debe deducir prioridades, reconstruir secuencias y resolver contradicciones. El personal que trabaja en estas instituciones, por su parte, incorpora como rutina la necesidad de explicar oralmente lo que el texto no logra sostener. Se naturaliza que “estos papeles no se entienden”, y esa falla pasa a formar parte del trabajo cotidiano.

Desde la macrosintaxis, esto se traduce en ausencia de unidades temáticas claras, progresión informativa rota y ambigüedad agentiva: no queda claro quién debe hacer qué ni en qué momento. El texto no acompaña; obliga a descifrar.

En un entorno donde el tiempo importa, donde las personas llegan cargadas emocionalmente y donde cada demora impacta en la cadena de atención, este desorden comunicacional se convierte en un problema operativo y humano.


Asesores lingüísticos y reordenamiento macrosintáctico

Frente a este escenario, la intervención de asesores lingüísticos no cumple una función estética. No se trata de “mejorar el estilo”, sino de reconstruir la lógica del texto desde la experiencia real del destinatario.

El trabajo comienza con una pregunta básica: ¿qué necesita saber esta persona y en qué orden?

A partir de ahí, se reorganiza el contenido en bloques temáticos coherentes. Se establecen unidades claras (requisitos, preparación, efectos esperables, contactos). Cada sección responde a una necesidad concreta del lector. Se eliminan repeticiones, se corrigen contradicciones temporales, se ajustan títulos para que cumplan lo que prometen y se unifica el tratamiento al destinatario.

También se toman decisiones sobre el lenguaje. Qué términos técnicos deben mantenerse porque son necesarios y cuáles requieren traducción al lenguaje común. Qué información conviene anticipar para evitar sorpresas. Qué acciones deben presentarse cronológicamente. Qué datos resultan prioritarios y cuáles pueden quedar en segundo plano.

Desde esta perspectiva, corregir no es solo revisar: es diseñar el recorrido lector.

El impacto de este tipo de intervención es tangible. Textos claros reducen consultas reiteradas, acortan tiempos de atención, alivian la carga del personal y mejoran la relación entre la institución y quienes reciben cuidados. Además, una comunicación consistente protege a la organización: muchos conflictos y reclamos nacen en documentos mal estructurados.

Invertir tiempo en ordenar comunicaciones genéricas permite ahorrarse semanas de explicaciones fragmentadas. Automatizar formularios desde una base macrosintáctica sólida hace posible que cada área trabaje sobre un marco común, en lugar de seguir sumando parches.

No se espera que médicos, técnicos o administrativos se conviertan en especialistas en escritura. Se espera que las instituciones reconozcan que comunicar forma parte del cuidado, y que esa tarea necesita formación específica y mirada experta.


Comunicar también es cuidar

Ordenar la palabra es ordenar la experiencia del paciente.

Cuando una organización pasa del “cada área agrega lo suyo” a un diseño textual consciente, cambia algo esencial. El documento deja de ser un obstáculo y pasa a ser una guía. La persona entiende qué debe hacer, cuándo y por qué. El personal deja de funcionar como traductor permanente de textos defectuosos. La institución gana coherencia operativa.

Pensar la comunicación desde la macrosintaxis no es un lujo editorial. Es una decisión profesional que impacta en tiempos, en vínculos y en calidad de atención. Allí donde el texto se vuelve claro, el proceso se vuelve más humano.


© 2020 Nuria Gómez Belart 

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