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La pedagogía de la amabilidad

  • Foto del escritor: Nuria Gómez Belart
    Nuria Gómez Belart
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

En el contexto de la escuela, corregir se representa en una escena bastante estable: un adulto, señalando errores, y un estudiante, recibiendo marcas rojas con mayor o menor resignación. Ese modelo funcionó mientras la cultura escolar sostuvo cierta tolerancia al señalamiento directo, al juicio rápido y a la idea de que aprender incluía, casi naturalmente, soportar correcciones ásperas. Hoy ese paisaje cambió. Las aulas —presenciales o virtuales— están habitadas por estudiantes con otra relación con el error, con la autoridad y con la palabra. No se trata de fragilidad sin más: se trata de una sensibilidad distinta, que obliga a revisar cómo se devuelve, cómo se interviene y cómo se acompaña un proceso de escritura.

En ese nuevo escenario, la inteligencia artificial empezó a ocupar un lugar inesperado. No como reemplazo del vínculo pedagógico, sino como mediadora del tono. Como filtro e

mocional. Como herramienta capaz de sostener una amabilidad constante allí donde el cansancio humano suele pasar factura.


La devolución como espacio de cuidado

Toda corrección es, en el fondo, un acto de comunicación sensible. No se corrige solo un texto: se interpela a una persona. Y esa interpelación deja huella.

Quien enseña lo sabe bien. Una misma observación puede abrir una puerta o cerrar una posibilidad, según cómo esté formulada. Durante años, esa responsabilidad recayó exclusivamente en el docente: elegir palabras, modular el tono, evitar la humillación, sostener la exigencia sin quebrar la confianza. Hacer eso una vez es posible. Hacerlo treinta o cuarenta veces seguidas, después de horas de lectura, resulta mucho más difícil.

Ahí aparece una de las transformaciones más interesantes que trae la IA: la posibilidad de estandarizar la amabilidad.

Los modelos generativos no se cansan. No se irritan. No pierden la paciencia. Pueden reformular una sugerencia cinco veces distintas, agregar ejemplos, suavizar una crítica o envolver una observación técnica en un tono alentador. Esa constancia emocional —que no depende del estado anímico del día— tiene un impacto concreto en la recepción de las devoluciones.

Para muchos estudiantes, sobre todo en etapas tempranas o en contextos de inseguridad con la escritura, esa mediación cambia la experiencia completa. La corrección deja de vivirse como ataque y empieza a percibirse como acompañamiento.

Esto no significa abdicar del rigor. La precisión técnica sigue siendo necesaria. Lo que cambia es la forma de entrada. En lugar del “esto está mal”, aparece el “podrías intentar…”. En lugar del señalamiento seco, surge la sugerencia contextualizada. No es una cuestión estética: es una condición para que el aprendizaje ocurra.

Desde la práctica docente, el efecto es claro. La IA funciona como una especie de amortiguador afectivo. Absorbe parte de la fricción que suele producir la corrección directa y permite que el intercambio se concentre en el contenido, no en la herida narcisista.


Multimodalidad, paciencia y accesibilidad

Otro desplazamiento relevante tiene que ver con los formatos de devolución. Tradicionalmente, la corrección fue casi exclusivamente escrita: comentarios al margen, marcas sobre el texto, observaciones finales. Hoy ese esquema se amplía.

La inteligencia artificial facilita devoluciones en audio, reformulaciones orales, resúmenes explicativos y acompañamientos paso a paso. Para estudiantes con ansiedad, déficit atencional o dificultades de lectura sostenida, escuchar una devolución puede resultar mucho más accesible que leer un bloque de observaciones.

También se vuelve posible combinar modos: leer el texto mientras se escucha la explicación, recibir ejemplos hablados, volver atrás cuantas veces haga falta. Esa multimodalidad no es un lujo tecnológico: es una forma concreta de inclusión.

A esto se suma otra ventaja difícil de ignorar: la paciencia infinita del sistema. Un modelo puede explicar una misma noción desde ángulos distintos, con metáforas diferentes, adaptando el nivel de complejidad según la consigna. Puede hacerlo sin mostrar fastidio, sin acortar caminos, sin dar por supuesto que “ya debería haber quedado claro”.

Para quienes enseñan, esta característica resulta especialmente valiosa. Muchas veces, la dificultad no está en el contenido, sino en la reiteración. Explicar por cuarta vez el mismo punto exige una energía que no siempre está disponible. Delegar esa primera capa explicativa permite reservar la intervención humana para los casos que realmente la necesitan.

Además, la IA facilita ajustes de registro: puede adaptar una devolución para un niño, para un adolescente o para un adulto; puede simplificar el vocabulario o volverlo más técnico; puede trabajar con estudiantes de español como lengua extranjera; puede transcribir audios o generar subtítulos. Todo eso amplía el acceso a la corrección sin multiplicar el esfuerzo docente.

En términos pedagógicos, el impacto es profundo. La devolución deja de ser un evento único y se convierte en un proceso flexible, que cada estudiante puede recorrer a su propio ritmo.


Sensibilidad generacional y nuevas expectativas

Hay un cambio cultural de fondo que atraviesa todo esto. Las generaciones actuales llegan al aula con expectativas distintas respecto del trato, del error y del aprendizaje. Esperan ser escuchadas. Esperan explicaciones. Esperan acompañamiento.

Esto no implica ausencia de exigencia, sino transformación del vínculo. La autoridad ya no se sostiene solo en el rol, sino en la calidad de la interacción. En ese contexto, la corrección dura —la que se limita a marcar fallas sin explicar procesos— pierde eficacia.

La inteligencia artificial, curiosamente, encaja bien en este nuevo clima. Su estilo por defecto suele ser entusiasta, alentador, incluso meloso. Puede parecer excesivo desde una mirada adulta, pero resulta funcional para estudiantes acostumbrados a interfaces amigables y respuestas empáticas.

Desde la experiencia docente, esto produce un efecto inesperado: la IA se convierte en una especie de “docente idealizado”, siempre disponible, siempre paciente, siempre amable. Y eso, lejos de competir con el profesor o la profesora, libera presión. El sistema absorbe parte de la demanda emocional, mientras el vínculo humano puede concentrarse en lo verdaderamente importante: leer trayectorias, detectar bloqueos, acompañar decisiones.

También aparece aquí un punto clave: la detección temprana de señales de alerta. Al analizar textos, los modelos pueden identificar cambios bruscos de tono, expresiones de violencia, indicios de malestar o contenidos discriminatorios. No reemplazan la mirada profesional, pero funcionan como sensores adicionales, útiles para no pasar por alto situaciones delicadas.


Una pedagogía menos punitiva

Todo esto converge en un desplazamiento mayor: el paso de una pedagogía centrada en la sanción a otra orientada al proceso.

Cuando la corrección se vuelve más amable, más gradual y más accesible, el error deja de vivirse como fracaso moral y empieza a entenderse como parte del aprendizaje. Esa transformación no depende solo de la tecnología, pero la tecnología la facilita.

La IA permite trabajar con pocos criterios bien definidos, ofrecer devoluciones escalonadas y priorizar aspectos sin abrumar. Hace posible que el estudiante vea avances concretos, que entienda qué mejorar primero y que no reciba una avalancha de observaciones imposibles de procesar.

Desde esta perspectiva, corregir ya no es decir “esto no sirve”, sino mostrar caminos de mejora. Y esa diferencia es enorme.


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La incorporación de inteligencia artificial en los procesos de corrección no resuelve todos los problemas educativos. Tampoco elimina la necesidad de criterio profesional, sensibilidad pedagógica ni experiencia docente. Pero sí habilita algo que durante mucho tiempo estuvo en riesgo: la posibilidad de cuidar.

Cuidar el tiempo del docente.Cuidar la experiencia del estudiante.Cuidar el vínculo con la escritura.

Al asumir tareas repetitivas y sostener un tono constante, la IA permite que la corrección deje de ser un campo de batalla y se transforme en un espacio de acompañamiento. No reemplaza la presencia humana, pero la hace más sostenible.

Quizás ese sea su aporte más valioso: ayudar a construir una pedagogía donde el rigor no esté reñido con la amabilidad, donde el error no sea una condena y donde aprender vuelva a sentirse posible.


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